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sábado, 7 de marzo de 2009

El juego (parte 3)

Toda la nobleza asistía a los juegos funerales de Speau de la casa Unmerko. Eran unos funerales de gran esplendor, casi tanto como los de un rey, debido a la gran riqueza de su familia, pero no era por el esplendor por lo que los nobles asistían, sino por puro morbo. El rumor de las extrañas circunstancias en que éste había muerto se había propagado con rapidez. Nadie estaba seguro de qué había ocurrido exactamente, pero había una versión muy extendida entre la multitud de curiosos.

Se decía que la noche anterior a la muerte del noble, un heroico cortesano de bajo rango que había sospechado de que Speau deseaba acabar con la vida del rey, aunque no estaba seguro, había conducido a la guardia hasta un callejón oscuro en el cual habían encontrado a Speau negociando con un asesino.

Finalmente, al parecer, no se había demostrado ninguna cosa al alegar Speau que el asesino le había acorralado en el callejón cuando se dirigía a un sitio y él negociaba por su vida. A dónde podía ir un hombre como Speau en esa parte de la ciudad, la peor de los bajos fondos, nadie lo sabía con certeza, aunque todos los narradores preferían especular con que se dirigía a algún local de juego o de mujeres alegres para dar mayor interés a los oyentes.

El caso fue que, en vista de la falta de pruebas, se detuvo al asesino y Speau decidió de pronto que prefería irse a casa cuando algunos de los guardias se ofrecieron a escoltarle hasta su destino por su seguridad. Llegados a este punto, todos repetían los rumores sobre el trato que tenía la casa Unmerko con corsarios desde que se borró del mapa a la casa Velhame.

La siguiente parte de la historia era la más extraña. El asesino que habían detenido había escapado de la prisión de máxima seguridad en que le habían encerrado con el fin de interrogarle a fondo sobre el asunto, aunque era prácticamente imposible escapar de ella. A la mañana siguiente, Speau había aparecido muerto en sus habitaciones, a pesar de que ninguno de los guardianes había vislumbrado nada inusual y ni siquiera se habían oído ruidos procedentes de su habitación.

El asesino se había ensañado tanto que el cadáver estaba casi irreconocible, tanto que se había decidido mantenerlo oculto a la vista durante el funeral, contrariamente a la tradición. Se decía que había sido en venganza por la traición de Speau cuando afirmó que no tenía relación con él y que sólo negociaba por su vida.

Horas después de que se descubriera el asesinato, el presunto asesino había aparecido flotando boca abajo en los muelles atado de manos y pies, y la guardia sospechaba que lo habían matado los de su propio gremio, probablemente por cometer un asesinato sin retribución económica o porque sabían que se le iba a buscar y no querían arriesgarse. Nadie lo sabría nunca, debido a que el misterioso gremio de asesinos tenía un estricto código de reglas secreto que cumplían siempre.

Lo que estaba claro era que había empezado el principio del fin de la casa Unmerko. Estúpido, libertino y vicioso, Speau sólo había destacado en los negocios, en los cuales era un auténtico genio. Por lo tanto, había dejado una considerable fortuna, pero su negativa a casarse hasta hacía poco tiempo le había dejado con ningún heredero legítimo y muchos bastardos, algunos reconocidos, otros no. Muerto ahora, tanto los bastardos reconocidos como sus legítimos familiares lejanos se peleaban por lograr tanto el liderazgo de su casa como su considerable fortuna.

Casob de la casa Moskley, nuevo Mano Derecha, sonreía con satisfacción al pensar en ello. Sólo tenía un adversario.

****

Meses después, la sonrisa de satisfacción de Casob había quedado bien atrás. El rey, en su ánimo por beneficiar al pueblo llano, cosa que seguramente había inspirado la reina Cont, estaba perjudicando con sus leyes igualitarias a la propia nobleza. Con tan pocas casas poderosas en el poder, apenas encontraba oposición en estas reformas, pues la pequeña nobleza no se atrevía a aliarse en contra del rey. El rey era intocable. Además, la casa Powem, la única aparte de la suya con suficiente relevancia, se mantenía al margen. Realmente, más bien parecía que apoyaban sus medidas.

Por otra parte, además Raming de la casa Powem seguía en su puesto de Segundo Consejero. Y el rey se tomaba muy en serio ese cargo. Tanto, que prescindía completamente de los consejos de Casob, que era, por su cargo, superior a Raming.

Ahora pretendía la igualdad impositiva, e iba camino de aprobar la ley. Eso daría problemas a la economía de su casa.

Debido a todo esto, se encontraba en una situación delicada, y su posición de Mano Derecha, sin poder político, no le permitía más que intentar hacer entrar en razón a su monarca de la forma más diplomática posible, cosa difícil debido a que quienes tenían el poder para manipularle eran la reina Cont y el primer consejero Raming. Así pues, solamente tenía una opción. Debía acabar con ellos antes de que se desmoronara por completo el Juego. Iría primero a por la reina Cont. Nadie esperaba un atentado contra ella, y probablemente, el que mayor protección tendría sería Raming.

****

-Mi señor, el rey os reclama urgentemente –gritó un escudero que aporreaba su puerta en medio de la noche. Levantándose de la cama con rapidez, se vistió lo más raudo posible mientras el joven escudero seguía llamándole y urgiéndole para que se vistiera lo más aprisa posible.

-¿Qué demonios ocurre, muchacho, para tanta insistencia? –preguntó enfadado abriendo bruscamente la puerta de sus aposentos para salir de ellos -¡Más te vale que sea algo grave, escudero, o acabarás limpiando los establos como un mozo de cuadra corriente!

-La reina ha muerto, mi señor. –dijo el escudero intimidado y temeroso de que la Mano Derecha cumpliera su amenaza -Nada más enterarse de la noticia, el rey os ha mandado llamar a vos y al consejero Raming con la máxima urgencia posible.

La expresión de Casob sólo le traicionó un instante, pero fue lo bastante como para que el muchacho le pudiera haber visto. No obstante, estaba tan trastornado con la noticia de la muerte de su reina que no prestaba ninguna atención. Obligándose a poner una expresión de desconcierto en su cara, entró en el salón del trono.

Raming había llegado ya, y hablaba con el rey, que tenía una expresión de dolor y lágrimas en los ojos, en susurros. Despidiendo al escudero con un gesto, avanzó hacia ellos.

-Mi señor, he venido en cuanto he podido –dijo con su voz más aduladora.

-La reina ha sido asesinada esta misma noche –dijo Raming solemnemente. En él también Casob podía apreciar un dolor profundo por la muerte de la reina, pero lo que se apreciaba más claramente en sus ojos era el terror. Sabía que el próximo sería él.

–Ésto puede suponer una grave crisis en el reino. Es posible que algún país vecino desee invadirnos, pues ya hemos descartado el que algún noble haya cometido este acto –dijo el rey. La expresión de Raming le decía que él no había descartado a un noble, más concretamente, no le había descartado a él. Pero, por suerte, el rey estaba cegado y creía realmente que su Mano Derecha no le había traicionado. Era lógica esa confianza, y eso ya lo había previsto. Raming no podría tomar medidas contra él si el rey no lo deseaba.

-Esto ha de ser investigado. Hasta entonces, es conveniente mantener el secreto, pues debemos evitar que el culpable esté sobre aviso. –dijo Raming

-¿Qué creéis vos, Casob? –preguntó el rey –Deseo dar a mi reina los mejores funerales cuanto antes, pero Raming insiste en que es mejor que no se corra la voz.

-Soy de la misma opinión que el Segundo Consejero, mi señor. Si mantenemos el secreto, habrá mayor margen de éxito –respondió Casob, disimulando su contento. Raming de la casa Powem era tan estúpido como sospechaba. Si se mantenía el secreto, no tenía posibilidad alguna de aumentar la seguridad sobre su persona, pues levantaría sospechas.

Pasaron horas discutiendo lo que había que hacer. Cuando por fin se acabó la reunión, tras obligar a los escuderos que les habían mandado llamar y a todos los conocedores de la noticia a jurar su silencio, Casob se marchó a sus aposentos, donde esperó un rato antes de salir y dirigirse a los bajos fondos con su mayor sonrisa de triunfo en su cara.

****

La habitación de taberna donde debía encontrarse con el asesino que contrató para matar a la reina era asquerosa y poco confortable. Procurando no tocar nada, esperó con impaciencia hasta que éste llegó.

-Llegas tarde, asesino. Que no se vuelva a repetir.

-Lo siento mucho, mi señor, pero hay ciertas cosas en marcha desde que acabé el trabajo que me encomendasteis.

-La noticia de la muerte de la reina no se propagará por un tiempo. Deseo que, entre tanto, acabes también con la vida de Raming de la casa Powem.

-¡Imposible! La seguridad ahora aumentará aunque se oculte todo.

-¡No te atrevas a negarte! ¡Envenena su comida, mátale mientras duermes, lo que sea pero hazlo!

-Mi precio será mucho más alto de lo habitual.

-Tengo acceso al tesoro real. No hay nada que no pueda pagar.

-En eso te equivocas, Mano Derecha. Nada hay que puedas pagar. Ni siquiera tu vida –dijo una voz conocida a su espalda, antes de que alguien le noqueara desde detrás.

1 comentario:

  1. Genial. Esperaré ansiosa las siguientes partes.

    Avis inmortalis

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