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miércoles, 29 de julio de 2009

Flechazo (parte 2)

La ceremonia era tan larga como lo fue la suya. Larga y aburrida. Nadie se movía y todos lucían su mejor sonrisa, pero lo cierto era que lo único que querían era salir de allí y estirar las piernas. Al menos ese día se estaba entreteniendo de lo lindo mirando a Amanda. ¡Esa chica no era como las demás, ni mucho menos! Así lo atestiguaban sus expresiones de aburrimiento y sus numerosos bostezos y cambios de postura.

Por fin llegó el momento en que se ponían las bandas y ese ridículo gorrito de graduado, pero el mirar el programa del acto le dio un vuelco al corazón al ver que detrás de esta parte (la única que debería haber, por otro lado, porque más que graduaciones, lo que hacían en ese instituto parecía una serie de conferencias y lecciones magistrales sin fin). Cuando Amanda salió a recoger su banda, estiró el cuello para verla mejor, lo que llamó la atención de sus padres, que, al menos eso creía Alejandro, estaban preocupados por su falta de interés por las chicas ¿Cómo interesarse por ninguna, si todas parecían cortadas por el mismo patrón? Pero Amanda no.

-No sabía que te interesara Samanta –dijo su padre en un susurro, con una nota de alivio que fue incapaz de disimular.

-La que me interesa es Amanda, la que lleva pantalones –respondió él, con intención de escandalizarles. Pero su padre le miró con comprensión y su madre no objetó nada porque no llevara un vestido azul cian y rosa, tal era su alivio porque su hijo se interesara por alguien.

La ceremonia continuó durante un rato más, hasta que llegó el momento de la matrícula de honor. Su padre tenía la costumbre de ofrecer un empleo de verano al que se la llevaba, con la idea de fichar a los buenos estudiantes mientras aun eran baratos, por lo que los estudiantes hacían lo imposible para lograrla, algo difícil porque el instituto sólo concedía una. Para desgracia de su progenitor, su hermana no había sido una de las agraciadas por semejante honor, no habiendo llegado siquiera a acercarse a las notas mínimas. Él, en cambio, sí que la había logrado invirtiendo muchas horas (después de todo, prefería quedarse a estudiar antes que salir con sus compañeros) y se había pasado todos los veranos siguientes trabajando para su padre gracias a ello.

Cuál fue su sorpresa cuando dijeron el nombre de Amanda. Ella se levantó sin fingir sorpresa como habría hecho cualquier otra, se dirigió al escenario ignorando por completo a todos sus compañeros, que no paraban de cuchichear, y recogió su diploma con una sonrisa. Después, se dispuso a dar el tradicional discurso. Era la parte que más difícil le había resultado a él, porque redactar un discurso para leerlo después de horas de ceremonia resultaba agotador. Pero lo cierto era que ella no parecía nerviosa, ni preocupada por no poder gustar. Posiblemente fuera igual que con su atuendo, que realmente le daba igual. Eso la hacía aun más admirable.

- He pasado mucho tiempo buscando las palabras adecuadas para este discurso, y no he encontrado nada que decir. Nada que añadir a lo que nos han repetido mil veces ya, a los consejos de los que tienen experiencia. Por todo esto, seré breve. No soy quien para aconsejaros, porque estoy en vuestra misma situación. En realidad, todo cambia y a la vez nada. Quizás lo que ahora va a diferenciar nuestra vida será que podremos elegir. Elegir qué queremos hacer, dónde queremos hacerlo, con quien. Elegir si dejarnos influenciar en nuestras decisiones, o si a pesar de todo las tomaremos por nosotros mismos. Elegir si regirnos por un código moral propio, o si por el contrario nos regiremos por uno ajeno. Elegir, en definitiva, qué hacer con nuestra vida. Espero sinceramente equivocarme lo menos posible en mis decisiones (porque estoy segura de que me equivocaré) y os deseo lo mismo para vosotros. Gracias a todos, y buena suerte.

Nada más acabar, sin quedarse parada a que acabaran los aplausos (que eran bastantes, probablemente en agradecimiento por la brevedad y simplicidad de ese discurso), se encaminó a su sitio y no enseñó la matrícula a los que tenía alrededor, probablemente porque ellos eran demasiado orgullosos para pedirle que se lo enseñara (aunque estiraban la cabeza para ver si podían verlo de refilón) y ella no lo enseñaría si no se lo pedían. ¡Qué chica más peculiar!

La ceremonia duró dos discursos más y por fin, acabó. Después llegó el tentempié de antes de la cena, a la que estaban invitados todos los asistentes. Era interminable, porque después de cenar los alumnos se irían de fiesta y probablemente sus padres le obligarían a asistir para que vigilara a su hermana. Ya lo habían hecho más de una vez.

Allí, sus padres se acercaron a su hermana para felicitarla y, después, toda la familia se dedicó a hacer relaciones sociales. Alejandro localizó a Amanda y, estratégicamente, comenzó a dirigir a su familia en su dirección. Cuando su padre también la vio, se acercó a ella para realizarle la oferta de empleo. Amanda, demostrando una prodigiosa seguridad en sí misma (había que tenerla para tratar con su padre) escuchó lo que tenía que decirle y, lo que es más, negoció las condiciones del empleo con gran habilidad. Su padre, en vez de indignarse por sus exigencias, parecía encantado por su nuevo fichaje y acabó por ceder en varios puntos, hasta que estuvieron de acuerdo los dos. Para cuando acabaron, Alejandro estaba más fascinado que antes y su hermana estaba que echaba chispas. Mirando a Amanda con auténtico odio, trató de avergonzarla de todas las formas posibles, pero ella redirigía los insultos de tal forma que era su hermana la que acabó por pasar vergüenza y, disculpándose ante sus padres, se marchó a otro lugar.

Finalmente, logró llevarse a Amanda aparte para pasar un rato a solas con ella, por lo menos, todo lo a solas que podían estar en esa sala llena de gente.

- Me ha encantado tu discurso –dijo sonriente.

-¿De veras? Lo cierto es que, aunque dijera que he pensado mucho en ello, lo improvisé ayer por la tarde, porque se me había olvidado por completo. ¡Vaya, se me ha escapado! No se lo cuentes a tu padre, no sea que piense que soy olvidadiza –le respondió con un guiño y una gran sonrisa.

-Mis labios están sellados, será nuestro secreto.

-La verdad es que no estaba enterada de que tu padre ofreciera un puesto de trabajo a los alumnos con matrícula, y me ha sorprendido bastante, espero que no se me haya notado demasiado. ¿Tú también trabajas para él durante los veranos?

-Sí, la verdad es que yo también tuve la matrícula. Cuando venia al instituto, no tenía nada mejor que hacer que estudiar.

-Eso es exactamente lo que me ha pasado a mí. La verdad es que he sido invisible para todos hasta el día de hoy, y no precisamente por mi discurso o por ser la alumna con mejor nota. Cambiando de tema, ¿Entonces somos compañeros de trabajo?

-¡Es cierto! ¡No sabes cómo me alegro de eso! Eres la primera persona con personalidad que sale de este sitio. No te imaginas cómo era la chica que logró la matrícula el año pasado.

-Apuesto a que si se hubiera graduado este año, habría llevado un vestido cian o rosa, súper tacones y micro bolso.

- Yo también me atrevería a afirmarlo. Espero que este verano decida irse de vacaciones y no trabajar, porque involuntariamente convirtió mi vida en un infierno el verano pasado con sus tonterías.

-No sería para tanto.

-Digamos solamente que si dieran premios a la estupidez, ella se llevaría el primer premio y le sobraría para ganar el segundo y el tercero. No sé cómo pudo lograr la matrícula.

-Yo creo que el nivel de estupidez tiene un límite… y no se puede superar, por más que las chicas de este instituto se esfuercen día a día por hacerlo. Sencillamente es imposible.
Pasaron bastante tiempo hablando, y en la cena se sentaron juntos, porque al parecer la familia Amanda se encontraba en el extranjero y no habían podido ir a su graduación. Todas las chicas que se acercaban se tenían que dar la vuelta desilusionadas o enfadadas cuando se encontraban con la cara larga de Alejandro y las réplicas mordaces y comentarios sarcásticos de Amanda. Ojalá la hubiera conocido antes y ojalá le hubiera acompañado a todas las aburridas veladas que había tenido que tragarse solo desde hacía años. Se habría ahorrado un montón de conversaciones banales con niñatas coquetas que ardían en deseos de conquistarle, quien sabía si por un reto personal o por su dinero.

Finalmente, todo acabó. Por primera vez en mucho tiempo, no se había aburrido ni había mirado el reloj. Despidiéndose de Amanda, prometió llamarla al día siguiente.

Se fue entonces con sus padres, que habían comenzado a despedirse de los presentes. Por suerte, esa noche no tendría que hacer de niñera de su hermana pequeña.

-Esto no te lo perdono nunca –dijo su hermana en un susurro. Sorprendido, la miró sin comprender. –Me has arruinado la graduación, el día más importante de mi vida, y me has avergonzado delante de todos al pasarte la noche con esa buscona.

-No es una buscona –la defendió Alejandro. No le gustaba que hablara mal de la única chica que le había gustado nunca.

-¿De veras lo crees? Apuesto que lo tenía todo planeado, su ropa, su estilo, incluso su forma de comportarse. Esa rata es realmente lista. Sabía perfectamente qué hacer para cazarte. Te ha manipulado a ti y ha manipulado a papá. Le ha salido rentable la noche.

-Te aseguro que no es una manipuladora. Y aunque lo fuera ¿Qué? ¿Acaso tus amigas no lo han intentado una tras otra? Realmente no te molesta, ni te importa, que me manipulen, sino que lo haga una persona que no te gusta –la respondió él.

Pero su hermana había sembrado la sombra de la duda. ¿Y si era cierto que le había manipulado, que todo era falso? Finalmente, se encogió de hombros para sí mismo. ¿Qué importaba realmente? Al fin y al cabo, había encontrado a alguien con quien poder matar el aburrimiento en esas absurdas y aburridas fiestas.

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