Amigos o algo más Enemigos o algo másincursores de la nocheeladil126 trocitosPINCHA EN CADA PORTADA PARA MÁS INFORMACIÓN SOBRE EL LIBRO. Web oficial. Último relato: El concierto.

domingo, 24 de enero de 2010

PortaMp4

El otro día me regalaron un mp4 y no encontré nada con lo que colgármelo al cuello por casa, así que cogí un monigote de punto de cruz (sí, hago punto de cruz... es relajante y se me da bien) que hice hace tiempo y me hice el bolsito.

Es una monada, y ya estoy pensando en distintas versiones que pasan por magos, hadas y dragones.
Últimamente, los patrones me los hago yo, porque desgraciadamente los que venden en las tiendas son bordados para abuelas o religiosos. Cuando acabe el inmenso cuadro de hada que hago en estos momentos (me llevará un año o así, hay que ver la paciencia que tengo), empezaré con un unicornio inmenso muy bonito que hice el otro día.

sábado, 16 de enero de 2010

El día en que cambiará su vida

Había amanecido con una tormenta, pero Maite se había levantado de muy buen humor. Había tenido un sueño que ya no recordaba, pero cuando se había despertado había presentido que ese sueño había sido un augurio de que ese día iba a cambiar su vida.

Maite era una oficinista con un sueldo bastante razonable, que vivía en las afueras de la ciudad y que seguía sus horarios a rajatabla. Independiente y trabajadora desde los 18 años, siempre había aspirado a más de lo que tenía y casi invariablemente había logrado sus objetivos. Y siempre que su vida había cambiado para mejor, había tenido un sueño la noche anterior que no recordaba al despertar, pero que dejaba siempre una extraña sensación en su interior. Era por eso que ese día tenía esa sonrisa en la boca, una sonrisa que llevaba bastante tiempo sin aparecer, casi desde que empezó su mala racha. Porque llevaba una temporada en la que casi nada salía a derechas: su novio la había dejado, sus padres habían discutido con ella… Lo único que iba bien era el trabajo, y por eso tenía la sensación de que la iban a ascender.

Era mediodía y Maite no se lo podía creer, porque llevaba un día horrible. Para empezar, cuando había salido de casa se había roto un tacón (sus zapatos favoritos) y se había torcido un tobillo, con lo que tuvo que volver a entrar en casa a cambiarse los zapatos. El retraso había sido suficiente para llegar cuando el autobús estaba a punto de partir, y, con un tobillo torcido, por más que había intentado correr para alcanzarlo no lo había logrado. Le había tocado esperar bajo la lluvia un buen rato hasta que llegara el siguiente, y para colmo de males, un golpe de viento había destrozado su paraguas. Una vez más, ya fuera del autobús, le tocó correr en la medida que se lo permitía su tobillo torcido para llegar a tiempo a la oficina, y, por suerte, llegó justo a la hora, empapada y cojeando. Cuando se sentó en su puesto, notó las miradas de todos sus compañeros en ella, y una de sus amigas le hizo señas para que se mirara la cara. Cuando se fue al baño y contempló su imagen en el espejo, se encontró con que la lluvia había hecho de su cara un cuadro abstracto y, al ir a sacar el maquillaje del bolso, se encontró con que la cajita se había abierto y los polvos se habían desperdigado, convirtiéndolos la lluvia en una desagradable masa que había estropeado tanto el bolso como su contenido. Ya podía comprar otro cuando saliera del trabajo, cosa complicada porque ya no fabricaban bolsos como a ella le gustaban.

No la habían ascendido, y cuando la habían llamado al despacho de su jefa había sido sólo para darle más trabajo. Maite suspiraba mientras tomaba su comida (comprada, ya que la que se había traído de casa había quedado arruinada por la masa de maquillaje que había invadido su bolso), y se empezaba a preguntar si el presagio de un cambio de vida no iba a ser para peor, en vez de para mejor. Desanimada, volvió al trabajo.

Maite salió más tarde de lo normal de trabajar, porque había habido un error en uno de los informes y había tenido que revisarlo de nuevo de principio a fin. Por suerte, las tiendas seguirían abiertas un buen rato, así que se pasó por el centro comercial para comprar un bolso nuevo, todo lo que se le había estropeado, maquillaje y, de paso, unos zapatos bonitos. Aunque no había encontrado un bolso totalmente de su estilo, había encontrado los zapatos perfectos para superar la pérdida de sus favoritos. De haber hablado su tarjeta de crédito, sin duda habría protestado por haberla usado tanto. Finalmente, salió del centro comercial, sólo para resbalar a los tres pasos con un charco helado. No le dolió tanto el golpe como la dignidad.

-¿Estás bien? preguntó un hombre, que la ayudó a levantarse y a recoger sus bolsas.

-Sí. Ha sido el remate perfecto para un día horroroso –respondió alzando la cabeza para encontrarse con los ojos más azules que había visto en su vida.

-¿Un mal día? Eso se arregla con una copa. ¿Qué me dices?

Maite aceptó con una sonrisa. Quizás ese día iba a cambiar su vida, aunque no de la forma que había esperado.

domingo, 10 de enero de 2010

Avatar literario

Todo empezó cuando me planteé hacer una felicitación de navidad para mis contactos de correo electrónico. Me parecía demasiado visto mandar los típicos de papá noel, los belenes y los reyes, especialmente teniendo en cuenta que en mi familia no somos especialmente navideños y no nos comemos ni las uvas... Desde luego, ni me planteé la posibilidad de mandar la típica foto cutre de uno mismo con el gorro de Papá Noel.
Y luego surgió la idea de crearme un avatar literario, al estilo mangaka. No tuve que pensar mucho en algo con lo que me identificara: una ratoncilla de biblioteca. Y luego todo fue cuestión de coger el plástico y el rotulador y ponerme a dibujar. Después de un primer intento que parecía sacado de Alvin y las ardillas, me salió el resultado final. Hice una copia, la vestí de acuerdo con las fiestas y la envié a todo el mundo (añadiendo un poco de autopromoción de los blogs, que para eso estudio publicidad).

La llamé Déborah Libros (ja, ja Green, te he robado el chiste), que casualmente fue mi mote durante un corto periodo de tiempo el año pasado, hasta que mi profesor de lengua, mr. Esparza, empezó a llamarme madame Sudoku por un incidente que no tuvo nada que ver conmigo.