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sábado, 30 de octubre de 2010

Soltando el cebo


Un silencio inusitado se cernía sobre el claro del bosque, en forma de botella, de tal forma que sólo se escuchaba el susurrar de las hojas por el viento. Los pocos animales que aun quedaban en la zona estaban escondidos, y no saldrían de nuevo hasta que los nuevos moradores del lugar se fueran o el hambre los obligara. Había poca luz, incluso en pleno día, debido a la gran espesura del bosque. De noche, la zona estaba casi en completa oscuridad, lo que favorecía a los visitantes, a los que disgustaba la luz, si bien no les hería.
Cualquiera que hubiera pasado por allí sólo habría visto a lo lejos a una joven pareja de peregrinos acampando, de buena casta a juzgar por la calidad sus ropas, y un gran fardo tirado en el suelo. De haberse acercado más, se habría dado cuenta de que su palidez era excesiva y de que las ropas parecían viejas, casi de otra época, y observando mejor hubiera visto que el fardo no era tal, sino un hombre tirado en el suelo, encogido y tiritando. No obstante, ese observador, incluso al verlos de lejos, no hubiera vivido para contarlo o, de haberlo hecho, hubiera deseado lo contrario, al igual que el desgraciado que estaba en el suelo.
Hacía poco tiempo que la pareja, con forma humana pero de almas demoníacas, estaba allí, y no tenían intención de marcharse de la zona hasta haberse divertido un poco y poder disfrutar de un buen banquete. El problema era que no podían, por una maldición (o, mejor dicho, una bendición), acercarse a ninguna población habitada y el único ser humano que habían podido capturar en las inmediaciones tenía un alma tan cobarde y patética que no les merecía la pena ni siquiera tomarse la molestia de devorarla. Aun así, tenían un plan para divertirse un poco y darse el tan esperado banquete de almas.
-¿Qué te parece si soltamos a nuestro cebo, amor? –dijo la mujer-demonio con la voz susurrante que utilizaba para atraer a sus víctimas. Acto seguido, ambos se volvieron para hacer su magia en su prisionero que, aterrado, se preguntaba qué nuevas torturas le aguardaban.
La gente de la población había contemplado anonadada cómo una mujer aparecía en la linde del bosque arrastrándose y gritando de terror a la par que soltaba todo tipo de incoherencias. Esa mujer, que había sido brutalmente torturada, afirmaba ser el trampero desaparecido hacía una semana y decía que había sido capturado por dos demonios que habían operado en él una magia maligna. Fuera quien fuera la mujer, lo que estaba claro era que huía de algo diabólico que había en el bosque, algo que debían eliminar a toda costa, tanto por la seguridad de sus mujeres como por vengar a la aterrada dama.
Los hombres comenzaron a organizarse en grupos de búsqueda mientras sus mujeres les daban ánimos y preparaban provisiones para todo el día y antorchas por si se les echaba la noche encima. La única persona que se oponía era la vieja curandera, que afirmaba que efectivamente la mujer torturada era el trampero desaparecido (por el cual nadie se habría molestado nunca en formar partidas de búsqueda aunque hubiera llegado al poblado en peores condiciones que la mujer misteriosa) y que mientras nadie saliera de la población los demonios no atacarían. Nadie la hizo el menor caso, ya que sospechaban que ella era una bruja y no la habían quemado todavía porque nadie conocía las recetas secretas de sus remedios.
Los hombres, veinte en total divididos en seis grupos de tres y uno de dos, vacilaron al unísono cuando estaban a un paso de penetrar en la espesura. El bosque, opresivo y oscuro ya de por sí, tenía ese día un aire amenazador inusitado, y todos ellos tuvieron que luchar duramente contra el instinto, que les instaba a irse. Finalmente, uno por uno hicieron acopio de valor y empezaron a avanzar, haciendo señas a sus compañeros para que continuaran. Se separaron con el pensamiento de que quizás hubiera sido mejor, aunque no más efectivo, que los grupos fueran más numerosos. Nada más dar unos pocos pasos, cada grupo perdió de vista al resto y empezaron a avanzar lo más silenciosamente que pudieron, cosa prácticamente imposible ya que el silencio era tal que el más leve roce con las hojas y ramas que sobresalían se escuchaba en la distancia.
Uno de los grupos de tres perdió un compañero casi nada más comenzar a caminar, pero, sabiendo que el desaparecido no era precisamente conocido por su valentía, comenzaron a reírse de su deserción hasta que algo empezó a gotear sobre sus cabezas y se encontraron con su cadáver enredado entre el ramaje. Sus gritos de terror llegaron hasta el resto de grupos, que, no sabiendo de dónde procedían los alaridos, se separaron de las rutas tan cuidadosamente trazadas para intentar acudir en su ayuda. Finalmente, tras un último crescendo de los gritos de terror, éstos desaparecieron completamente y se impuso en el bosque un silencio aun más profundo que el que anteriormente había.
A partir de ese momento, a intervalos irregulares se volvían a escuchar gritos de terror y en los grupos que quedaban, cada vez menos numerosos, se empezó a sentir pánico. No obstante, al haberse desviado de sus rutas para intentar ayudar a sus compañeros, la mayoría había perdido el sentido de la orientación y no sabían dónde estaban ni cómo volver.
El mediodía pasó y el bosque comenzó a oscurecerse poco a poco, hasta el punto en que a media tarde los dos grupos de hombres que quedaban tuvieron que encender las antorchas, aun a riesgo de ser percibidos por las criaturas que perseguían. La humedad en el ambiente, la espesura del bosque y las aleatorias corrientes de aire hacían difícil mantener las antorchas encendidas, pero finalmente ayudaron a los dos grupos a volverse a reunir, al vislumbrar las antorchas de sus compañeros a través de la espesura.
Los seis hombres siguieron avanzando con la sospecha de que, fuera lo que fuera lo que había en el bosque, los estaba dirigiendo, ya que allí por donde pasaban los árboles parecían estrecharse impidiéndoles dar media vuelta y la espesura era menos frondosa solamente en una dirección. No obstante, no tenían más remedio que seguir avanzando, ya que hasta el mejor de los exploradores habría perdido el sentido de la orientación hacía rato. No se escuchaba más sonido que el de su respiración desde horas atrás y ese silencio en la oscuridad del bosque les parecía más aterrador que los propios gritos de sus compañeros desaparecidos.
Siguieron avanzando durante lo que les pareció horas, hasta que el bosque estaba tan oscuro que dedujeron que era de noche. Sólo el brillo de las antorchas les separaba de la oscuridad total, pero, como calculaban que no les durarían toda la noche si las mantenían encendidas a la vez, apagaron todas menos una. El bosque en la oscuridad era aun más inquietante, y las sombras proyectadas por la luz de la antorcha le daban un aspecto aun más fantasmagórico. El sonido del viento, que comenzó a soplar fuerte, les recordaba los alaridos de los compañeros caídos, a los que comenzaron a ver en cada sombra.
El cansancio les empezaba a cobrar factura cuando llegaron a un claro del bosque en forma de botella, en el que creyeron oír sollozos. El olor a muerte flotaba en el ambiente. La oscuridad les impedía ver más allá de unos pocos pasos y, no atreviéndose a salir completamente al descubierto, encendieron el resto de las antorchas. La mayor iluminación les permitió ver que el lugar estaba sembrado de los cadáveres de sus compatriotas, desmembrados y casi irreconocibles. Una mujer, atada con lo que parecían ser lianas, lloraba en el centro del claro, completamente encogida sobre sí misma. Al mirarles con sus hipnóticos ojos, suplicantes, algunos de los hombres se apresuraron a ayudarla, pero sus compañeros les detuvieron sospechando que sería una trampa. La mujer se limitó a seguir mirándoles suplicante, y su voz, apenas un susurro, llegó a ellos con total claridad.
-Ayudadme, por favor.
Esas palabras fueron suficientes para que todos ellos se acercaran en tropel a ayudar a la dama en apuros, peleando entre ellos por ser el primero en socorrerla. Cuando se habían acercado lo suficiente al centro del claro, una risa masculina se escuchó en las inmediaciones, y salió una figura masculina entre los amenazadores árboles.
-Nunca pierde su toque, es increíble –le escucharon los hombres decir entre carcajada y carcajada. Demasiado tarde se dieron cuenta de su error, de que la mujer desamparada que tenían a su espalda no era tal.
Por última vez, el bosque se llenó con los gritos desesperados de los hombres. Desde la casa más vieja y ruinosa de la población, una anciana miró al cielo resignada sabiendo que ninguno de los hombres volverían a sus hogares. En el bosque, dos demonios, saciados y risueños, contemplaron la escultura de cadáveres que habían creado y se alejaron en busca de otra región donde divertirse un poco. Nada más desaparecer en la espesura, los animales salieron de sus escondrijos, los árboles volvieron a sus posiciones y el bosque recuperó sus habituales sonidos. Poco después, un trampero recuperaba su verdadera forma ante las miradas de estupefacción de las mujeres que le cuidaban mientras esperaban la vuelta de sus maridos.

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