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jueves, 16 de junio de 2011

Trozos de vida reales e inventados


La mujer, ya mayor, se sube al tren para ir a comprar el regalo de aniversario a su marido, comida para el perro y unos juguetes nuevos para sus nietos. Al subir, elige un asiento desde donde puede ver a toda la gente del vagón sin problemas. Siempre la ha gustado mirar a la gente y tratar de adivinar en qué están pensando, cuál es su historia. Y además es algo muchísimo más divertido que mirar el insulso paisaje, interrumpido cada dos por tres por los túneles.
Empieza a dejar vagar su mirada hasta que por fin fija su atención en una chica de pelo largo, vestida con una camiseta de estilo hippy y una falda larga, que abraza contra su pecho un libro cerrado.
Lo que la ha llamado la atención de esa chica, aparte del libro, que ella misma ha leído hace poco, es que una persona que viste con colores tan alegres no pare de llorar. Ese libro, de argumento bastante triste, es seguramente la razón de su llanto.
“Qué mona”, piensa, “le ha conmovido la historia y no la importa que la vean llorar por ello. Yo me moriría de vergüenza si me pusiera a llorar así en público por un libro, pero me encantan las personas a las que no les importa”.

La chica hippy, incapaz de dejar de llorar, intenta distraerse y olvidar que su novio la acaba de dejar hace un rato. Por desgracia, hoy no es su día y ha cogido un libro tan triste que lo único que consigue al leerlo es deprimirse más de lo que ya está, así que se pone a mirar a la gente de alrededor, ya que el tren acaba de entrar en un túnel y no puede admirar el paisaje.
No tarda en fijarse en un hombre trajeado, de pelo corto y marrón bastante repeinado, que está frunciendo el ceño de forma tan espectacular que le daría repelús hablarle. El hombre, que está escuchando música, agarra su maletín como si le fuera la vida en ello y no para de mirar a un extranjero que entró en el tren hacía un rato y llevaba una guitarra en su funda.
“Menudo racista, está fulminando al pobre chico con la mirada”, piensa, “al menos podría disimular un poco”

El hombre trajeado difícilmente puede contener sus nervios. Tiene hoy una reunión importante en la que se juega el futuro de la empresa en la que trabaja, y está escuchando en su mp3 las últimas instrucciones para que todo salga bien. Su ceño fruncido es fruto de su gran concentración, ya que el archivo sonoro no se escucha demasiado bien y tiene que hacer un esfuerzo para oirlo.
Cuando el chico de la guitarra entra, sus nervios se intensifican. Nunca ha tenido reparos en que los músicos toquen en el tren, aunque sean un poco molestos, pero esta vez necesita de verdad el máximo silencio. Además, el chico tiene una cara de abstracción que no le gusta nada.
“Estos músicos drogatas nunca tienen problemas por molestar a la gente”, piensa, “Como se ponga a tocar la dichosa guitarra, me tendré que bajar del tren y llegaré tarde”.

El chico de la guitarra no ha molestado nunca a nadie tocando el instrumento, ni tiene intención de hacerlo en ese momento. Más que nada, porque ni siquiera sabe tocarlo y no es para él, sino que es el regalo de cumpleaños de su novia. Tampoco se mete nada, y su expresión de ensoñación tiene que ver más con su estado de felicidad que con otra cosa. Aun no entiende cómo una chica tan guapa y lista como ella ha acabado con él, y por eso lleva en una nube desde que empezaron a salir.
Mientras tenía estos pensamientos, mira a una joven madre con su hijo, regañándole por no estarse quieto ni un solo segundo.
“Es un poco joven para ser madre”, piensa, “pero claro, la mayoría de las chicas jóvenes están un poco descontroladas, no como mi novia”.

La chica no es madre, ni mucho menos, sino que la han obligado a hacer de canguro de su primo pequeño mientras su tía va a dar a luz a otro monstruo con forma humana y su madre la acompaña. Han sido las 14 horas más largas de su vida, y se ha quedado sin salir con sus amigas al cine porque no podía meter al niño en una película para mayores de 18 años. Por el contrario, ha tenido que pasarse todo el rato viendo películas de Disney, intentando que el niño comiera, durmiera o dejara de romper sus cosas. Está deseando llegar al hospital y deshacerse del mocoso, pensando que la deberían dar el triple de lo que la han pagado por aguantar al pequeño diablo.
En esos momentos, ve a tres mujeres trajeadas, que parecen bastante exitosas, hablar entre ellas animadamente.
“Yo seré como ellas”, piensa, “sin niños, sin ataduras, solteras y orgullosas de serlo”

Las tres mujeres no son solteras, ni mucho menos. Están casadas y tienen una media de dos hijos cada una, son compañeras de trabajo en una empresa inmobiliaria y en estos momentos se dirigen al colegio de sus hijos, sin haber tenido tiempo de cambiarse y ponerse algo más cómodo, porque los niños tienen una actuación en el colegio y sus maridos no pueden asistir.
-Como si ninguna de las tres supiéramos que a estas horas ellos ya salieron del trabajo y están tomándose unas copas en el bar –dice una de las amigas.
-¡Ya me gustaría a mí ser hombre! No se sienten obligados a nada nunca, aunque sean sus hijos –responde otra.
-Como ese hombre de allí –señala la última. Las tres miran con disimulo a un hombre con camiseta ancha, más que sentado, tirado en el asiento. –Miradlo, relajado, libre de todo un viernes a las cinco y media de la tarde. ¡El fin de semana fuera, sin los niños, y seguro que su mujer está en casa mientras cuidando a los retoños! ¡Hombres!

El hombre de aspecto relajado está al borde de la desesperación. Aunque estudió en la universidad muchos años, está en el paro desde hace meses y desde que le despidieron ha estado buscando trabajo sin éxito. Finalmente, ha desistido y ha comprado un pasaje en tren para ir al pueblo al que se mudaron sus padres al jubilarse, donde éstos le han conseguido un trabajo como agricultor. Él, que no ha sembrado nada en su vida y sólo ha visto el campo en la televisión, ha tenido que aceptar porque tiene varios créditos que pagar y están a punto de embargarle el piso.
En esos momentos, ve a una chica que mira por la ventana, también con maletas.
“Seguro que ella hace un viaje de placer, no como yo”, piensa amargado.

La chica vuelve a casa desde el extranjero, donde había pensado que todos sus sueños se cumplirían y se había encontrado en una ciudad en que varios millares de jóvenes con su mismo sueño competían con ella por migajas. Ahora estaba de vuelta, decepcionada y sin haber conseguido nada más de vaciar su cartera.
Cuando el tren entra en la estación, ve a un chico guapo y bien vestido con un gran ramo de flores y le sigue con la mirada mientras entra en el tren.
“No sé para qué te molestas en mirar”, se dice a sí misma, “esas flores son para su novia… o para su novio”.

El chico guapo lleva las flores a su abuela, ya que es su cumpleaños y no se le ocurre qué otra cosa puede regalarle. El problema es que cuando le pregunta a la anciana qué quiere que le regale, ella dice, simplemente, que lo único que le falta para ser feliz son un par de bisnietos. Algo que difícilmente puede darle ya que está soltero y no logra encontrar a la mujer de sus sueños… porque casi todas las mujeres que conoce y que están solteras, al verle tan romántico y detallista, piensan que es gay y que sale con ellas porque no quiere salir del armario y así disimula ante su familia.
Suspira mientras mira a una pareja. El hombre rodea cariñosamente con el brazo a su mujer, que está embarazada.
“Cómo me gustaría ser como ellos”, piensa con una sonrisa.

La pareja no en realidad una pareja, sino dos hermanos. Ella se quedó embarazada durante un viaje de trabajo al extranjero, y no logra dar con el padre de la criatura. Su hermano ha decidido hacer de padre sustituto y la ayuda en las clases de preparación al parto. Él la anima a seguir buscando al verdadero padre, del que sólo saben que vive en algún lugar del sur de Roma y que se llama Francesco. En el fondo, ambos saben que es inútil, pero es una pequeña distracción bienvenida.
-Míralo por el lado bueno, hermanita –dice el chico a la futura madre -Al menos no acabarás mayor, sola y rodeada de gatos, maruja y cotilla a más no poder, como la señora esa de ahí, que no para de mirar a todos para ver si puede enterarse de algo.


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Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

1 comentario:

  1. Hola Deborah, te he dejado un premio en mi blog, pasa por ahi a buscarlo. Un abrazo y estamos en contacto

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