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martes, 19 de julio de 2011

Escenas del baile de máscaras


Era la fiesta de carnaval de la señora Hawkings y estaba toda la flor y nata de la sociedad reunida en el salón, con sus máscaras y disfraces más estrambóticos. Las matronas más cotillas de la alta sociedad, advertidas de cuál iba a ser el traje de sus compañeras, habían logrado encontrarse y ahora estaban reunidas en un rincón, cuchicheando e intentando averiguar quién era quién.
Todas sabían que en esa fiesta de carnaval, que se celebraba todos los años desde que la señora Hawkings había heredado una astronómica cantidad de dinero, era el origen de todos los escándalos y cotilleos que marcarían la temporada. Y es que, cuando los nobles se sentían seguros de no ser reconocidos tras sus máscaras, se atrevían a hacer cosas en público que, de haber ido sin disfraz, ni siquiera habrían considerado. No obstante, las observadoras cotillas conocían tan bien los movimientos y los ademanes de los asistentes que se creían capaces de adivinar quién había tras cada máscara, lo cual las entretendría hasta que los personajes comenzaran a dejarse llevar.
No tardaron a reconocer al normalmente formal señor Hickings, con un traje que pretendía ser de demonio pero que le hacía parecer un jabalí con color enfermizo debido a su gran corpulencia, persiguiendo a un par de jovencitas vestidas de faraonas egipcias con unos disfraces con muy poca tela que sólo podían ser las gemelas Carlwright. No obstante, la señora Hickings también reconoció a su marido y, aunque siempre parecía muy tímida cuando estaba en público, se acercó al señor Hickings y se le llevó casi a rastras a la otra punta de la sala, lugar en que se mantuvieron durante el resto de la velada.
Muy cerca de allí, la inconfundible señora Fellows, siempre tan comedida, vestía un disfraz de sirena que no dejaba nada a la imaginación y se dedicaba a coquetear descaradamente con un hombre que no era su marido y que, según se fueron fijando las cotillas, parecía ser nada más y nada menos que uno de los libertinos con peor reputación de toda la ciudad. Del señor Fellows no había ni rastro, aunque era un secreto a voces que en todas las fiestas desaparecía junto a la viuda de Conrald, de la que era amante desde un mes después de casarse, si no antes.
En la pista de baile, varios jóvenes bailaban un poco más apretados de lo que dictaba el protocolo, aunque ya eran parejas más o menos formadas, que seguramente contaban con el beneplácito de sus familias. No había mucho que ver en la zona y dejaron de mirar en esa dirección por el momento. Quizás dentro de tres o cuatro piezas, cuando hubieran tomado más champán del habitual, comenzaran los comportamientos escandalosos.
Hablando de champán, el señor Heysel Daniels, vestido de pavo real, se estaba pasando bastante con las copas mientras su prometida, la despistada señorita Connors, vestida de diosa Atenea, que llevaba meses comiendo como un pajarito para poder lucir un buen vestido de novia, parecía querer recuperar los kilos perdidos en una sola noche. A pesar de estar casi pegados, no parecían reconocerse, cosa extraña ya que se conocían desde la infancia.
Algo aburridas, las matronas cotillas achacaron este comportamiento a un pequeño enfado y comentaron algo exasperadas que el baile de este año era un auténtico aburrimiento, ya que en realidad no estaba pasando nada excepcional. Y así siguieron un buen rato hasta que finalmente dieron con el escándalo que estaban buscando, precisamente en la última pareja de la que se habían burlado.
Porque apareció en escena el hermano de Heysel Daniels, Alexander, fácilmente reconocible por sus ademanes de depredador y vestido convenientemente de pantera. Era éste un hombre extraño, de muy mala reputación, que seguramente se había colado en la fiesta porque no era posible que la señora Hawkings hubiera invitado a semejante personaje. No obstante, Alexander Daniels se movió por la fiesta con gracia felina y se dirigió directamente a la señorita Connors, a la que susurró algo al oído. Luego, la dama cogió su brazo y se dirigieron a la pista de baile, mientras Heysel, completamente borracho, les seguía y les lanzaba una mirada de odio.
Si había una palabra para describir el baile de la señorita Connors y Alexander Daniels, sin duda esa palabra era indecoroso. La pareja parecía ajena a todo y se pegaron tanto que incluso el resto de parejas les miró desconcertados. Finalmente, los dos se dirigieron al carruaje de Alexander Daniels, seguidos disimuladamente por las cotillas, que no querían perder detalle. Alexander esquivó el puñetazo de su hermano, que también les había seguido, y dijo en voz alta:
- Está decidido, hermano. La reputación de la dama está en juego y por una vez voy a hacer lo correcto. He conseguido una licencia especial y nos casaremos ahora mismo, sin demora.
Las matronas, completamente asombradas, miraron el carruaje desaparecer y finalmente comenzaron a hablar todas a la vez. ¡Qué maravillosos eran los bailes de máscaras de la señora Hawkings! ¡Con ese material, tendrían para todo lo que quedaba de temporada!
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Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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