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domingo, 15 de marzo de 2015

El gato

Hice este relato para una antología solidaria. Pero como la organizadora de la misma hace mucho que no da señales de vida, deduzco que al final no sale adelante y lo comparto por aquí.

 El gato
No quería mascotas. Es más, los gatos la ponían de los nervios. Pero ver a esa pequeña criaturita, maullando desconsolada entre los arbustos, la había enternecido. Empezaba a hacer frío y decían que iba a helar; quizás debería acogerle, al menos por esa noche.
-No -se dijo-. Lo que me faltaba, tener que cuidar de un bicho.
Se dio la vuelta y empezó a alejarse, regañándose a sí misma. Tenía dicho a sus hijos que no quería animales en casa y allí había estado ella, a punto de violar su propia norma. Además, estaba claro que apenas era un cachorro, ¿dónde estaría la madre? Diez metros más allá, casi al final del aparcamiento del súper, halló la respuesta: en medio de la carretera, muerta por atropello.
Se paró, con el corazón y la mente envueltos en un severo debate. Al final ganó el corazón, de modo que dio la vuelta, cogió una caja que sobresalía de un contenedor cercano, metió a la bolita de pelo en ella y se dirigió de nuevo al coche.
***
Había tenido la esperanza de entrar en casa sin que nadie viera la dichosa caja. De todos modos, sus hijos estaban siempre tan pendientes de la tele que a veces ni la oían llegar. Pero un maullido traidor la delató, y los niños saltaron del sofá como un resorte, echando a correr hacia la caja mientras exclamaban:
-¡Nos has comprado un gatito!
No, intentó explicarles. Era sólo hasta la mañana siguiente, intentó explicarles, hasta que pudiera encontrar una protectora de animales que le acogiera. Pero los niños no hicieron caso y se pelearon por acariciarle, bañarle y darle de comer. Pronto, el bicho dejó de parecer aterrorizado, pero aun así obligó a sus hijos a que le dejaran tranquilo. Sólo faltaba que se encariñaran, así que esa noche se llevo al gato, dentro de la caja, a su habitación, para evitar que los niños se levantaran a escondidas para acariciarle y jugar con él.
La despertó un peso ligero, un roce y un sonido similar al de un motor. Estuvo a punto de tirar, por el susto, al bicho, que de alguna forma se había escapado de la caja, había subido a la cama y buscaba la forma de meterse entre las sábanas. Estuvo a punto de levantarse para desterrarle de nuevo, pero se estaba tan a gusto y tan calentita dentro de la cama que le dejó meterse. El ronroneo, que al principio le había parecido tan desagradable, pronto se transformó en una nana que la llevó de vuelta al país de los sueños.
A la mañana siguiente se mantuvo firme cuando los niños le suplicaron que el gato se quedara. Las caras de pena de los pequeños le confirmaron que tenía que deshacerse del animal cuanto antes, así que le llevó a la protectora de animales en cuanto les dejó en el colegio. Allí les explicó cómo lo había encontrado y les aseguró que no quería hacerse cargo de una mascota, así que esperaba que le encontraran un buen hogar. La gente del centro le explicó que estaban saturados, que no había suficiente presupuesto, de modo que le pedían que lo reconsiderara. No quiso dejarse convencer, así que dejó la caja encima del mostrador.
-Adiós, Bicho -le dijo al gato, acariciando su cabecita. Entonces el animal se restregó contra su mano y la miró con ojitos de cordero degollado. Nuevamente su corazón y su mente se debatieron, nuevamente ganó el corazón. Cuando regresó a casa lo hizo con el gato, la comida, la caja de la arena y un montón de folletos sobre cómo cuidar apropiadamente de él. Sólo esperaba que no sembrara un precedente: en su casa no quería bichos. Salvo ese.
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 Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
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