PINCHA PARA SABER DE QUÉ VAN. Para más información visita la Web oficial de Déborah.
Todos los relatos cortos y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia
Mostrando entradas con la etiqueta Terral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Terral. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de mayo de 2018

Relato de fantasía: Terral: orígenes: Beso

El otro día me di cuenta de que no había publicado todos los relatos cortos de Terral que tenía escritos. Para los que no sepáis de qué va, es un personaje que creé para Adictos a la escritura, con el que hice el primer relato. Luego, fui haciendo más, con la idea de crear con el tiempo una novela compuesta. El proyecto quedó abandonado en favor de otras obras, pero estoy planteándome seriamente retomarlo. Ahí van todos los relatos, por si queréis poneros al día, ya que este es un poco de transición.

Beso

Tener una parte demoníaca cada día se me hace más difícil. Los controles de la ciudad se han endurecido y el hechizo que contiene y oculta esa mitad de mis ser se debilita por momentos. Al principio apenas lo notaba, pero desde que Adiadne y Vael entraron de nuevo en mi vida parece que ha empeorado.
No creo que sea por su culpa, aunque sus continuas carantoñas cuando creen que no miro no ayudan en absoluto a que mis instintos de súcubo se suavicen. Más bien diría que las sacerdotisas malignas que implantaron el hechizo en mí han decidido arrebatármelo poco a poco para que me entre el pánico y me decida a huir de la ciudad.
No pienso caer en su trampa. Sé que cuanto más tiempo aguante aquí más segura estaré. También sé que mientras estén centrados en capturarme dejarán de lado las otras barbaridades que quieran llevar a cabo. Al menos, unas cuantas. Además, al margen de la tensión que me genera saber que tarde o temprano mi otra mitad será lo bastante fuerte como para que la perciban, los meses que he pasado aquí han sido los mejores de mi vida. Primero, porque por primera vez en mi existencia puedo ser yo misma. Luego está Norval, de cuya compañía disfruto como nunca había disfrutado antes. Lástima que no pueda confiarle mi secreto. Esa confianza sólo puedo tenerla con mis dos socios, que han demostrado ser tan leales como útiles.
Gracias a ellos mi pequeña contribución a la ciudad, localizando a seres malignos y criminales que escapan a los filtros de la ciudad ha empezado a dar auténticos beneficios. Casi suficientes para dejar mi ocupación actual en la tienda de magia sin pasar verdaderos apuros. No obstante, pensando en el futuro y en que tarde o temprano tendré que huir de la ciudad, prefiero seguir con ambas cosas y ahorrar todo lo posible. Conseguir buenas rutas de escape seguras no suele ser barato, y es una de las pocas cosas sobre las que ni yo ni mis compañeros informamos a los sacerdotes. De todos modos, solo las usan unos cuantos estafadores, contrabandistas y pilluelos inofensivos. Los verdaderos enemigos de la ciudad tienen medios de huida propios, y el resto de los criminales está tan convencido de que no va a ser capturado que ni se molesta en preocuparse por esas menudencias.
Estoy informándome sobre las rutas, que cambian casi cada semana, cuando veo a Norval a lo lejos. No sé si me ha visto, de modo que no puedo esconderme, pero hago una seña a mi informante para que desaparezca, cosa que hace encantado. Le espero apoyada en una pared y me comporto como si fuera normal encontrarle en los barrios bajos después del anochecer.
—¡Terral! Menos mal que te encuentro.
—¿Es que me buscabas a mí? —me sorprendo. No puedo ni llegar a imaginar cómo me ha encontrado si es así. Y eso es muy preocupante, porque si puede encontrarme ahora podrá hacerlo cuando huya.
—¿Eh? No, en realidad no. Pero ha sido una gran casualidad, porque tú conoces la zona mejor que yo.
—¿Y qué haces por aquí? —pregunto, infinitamente aliviada por su respuesta.
—Una de nuestras feligresas vivía por aquí. Hace tres días que no aparece y me preocupa.
—Sé que te resultará extraña la pregunta, pero ¿qué sentido tiene que vaya tan lejos a rezar? Hay como cinco templos entre este barrio y el vuestro.
—Creo que la avergonzaba pedir caridad, por eso venía a pedir ropa y alimentos tan lejos —responde. Inmediatamente imagino lo que ha ocurrido. Probablemente alguien se dio cuenta de que los ingresos de la mujer no eran suficientes para justificar la ropa nueva y dedujo que la mujer estaba llevando a cabo actos reprochables. Es probable que incluso se preguntara en los templos cercanos, que por supuesto negarían haberle proporcionado ayuda, y la mujer acabaría en prisión, sospechosa de robo. Aunque el sistema de justicia de esta ciudad es irreprochable, resulta increíble la cantidad de injusticias que cometen por exceso de celo.
Le cuento mis sospechas a Norval y nos dirigimos a los calabozos más cercanos, donde efectivamente está la mujer. Al menos ahora no tendrá que preocuparse por la caridad. La indemnización que otorga la ciudad por esta clase de errores es sustanciosa. Tras arreglarlo todo, Norval se despide de su feligresa y decide acompañarme, por lo que doy por finalizado mi trabajo de esta noche y tomo el camino más directo a casa.
Hablamos de todo un poco, aunque me doy perfecta cuenta de que está intentando decirme algo delicado y me preocupo un poco. Cuando llegamos a la puerta, él se queda mirándome, y si mis ojos no me traicionan se está sonrojando. Pasado un rato, se me agota la paciencia.
—A ver, Norval. Sea lo que sea, me lo puedes decir antes del alba —le sonrío, pero cada vez estoy más nerviosa. Seguro que son malas noticias. Lo bueno nunca dura.
—Es sólo... intento reunir el valor para decirte que... estoy enamorado de ti.
Me quedo atónita, no sé qué responder a eso. Hasta hace poco, para mí todos los conceptos relacionados con sentimientos positivos eran sinónimos y todos significaban debilidad. Por supuesto, a estas alturas soy capaz de diferenciarlos a nivel teórico, e incluso identificarlos en otros, como Adiadne y Vael, pero soy una nulidad a la hora de identificar la maraña de emociones que conforma mi parte humana, tanto tiempo reprimida. Ni siquiera sé si una semisúcubo como yo puede enamorarse.
—Yo... —me quedo callada de nuevo y él sonríe.
—No tienes que contestar. Simplemente tenía que decírtelo —se acerca a mí y me besa suavemente en los labios. Esto es suficiente para despertar mis instintos de súcubo por un instante y cuando recupero el control, le empujo. Me mira con los ojos muy abiertos, desde la pared contra la que ha chocado.
—Lo siento, yo... —no puedo seguir, por lo que salgo corriendo. Dudo que me haya descubierto, porque la barrera de contención que evita que mi parte demoníaca sea detectada sigue ahí pero, ¿por qué he reaccionado así, entonces? Hasta que no lo descubra, será mejor que no vuelva a ver a Norval... ni a cruzarme con ningún otro hombre.

¡Comparte este relato en twitter!


Sigue escriboleeo en Bloglovin

domingo, 7 de septiembre de 2014

Terral: orígenes: Encuentro

Sí, ya sé. Tengo abandonada a Terral. Pero tengo muchos relatos hechos, que conste. Es que no tengo tiempo para programar las entradas de este blog.
Para los que todavía no sepáis quién es este personaje, aquí tenéis enlaces a otros relatos y a su ficha:

 Encuentro
 
Terral se movía con soltura por los tejados de los barrios bajos mientras seguía a su sospechoso, que no tenía ni idea de lo que se le venía encima. Para ser una ciudad dominada por los sacerdotes del bien, tenía un número bastante alto de individuos despreciables. Terral, tras su primer soplo, que había conducido a la detención de un mago siniestro y la liberación de varios esclavos mentales, se había convertido en la intermediaria oficial del templo.
Por supuesto, ni siquiera su amigo Norval sabía la verdad: que ella no era la intermediaria, sino la fuente directa, capaz de detectar la magia oscura gracias a su naturaleza de semisúcubo y los largos años pasados entre miembros del culto de los demonios. Una vez instaurada esa mentira, no era complicado mantenerla, lo que facilitaba sus pequeñas incursiones en el submundo y sus desapariciones en los días en que la luna estaba en su punto álgido, en las que notaba revolverse a su parte maligna con cada vez más intensidad, por lo que prefería alejarse de la ciudad para evitar que sus potentes defensas detectaran algo anómalo.
Salvo por ese pequeño detalle, al que no paraba de buscar solución, todo iba bastante bien. Ya había cazado a varios criminales e incluso conseguía ingresos extra sin perjudicar con eso a su verdadero trabajo en la tienda de magia, lo que no impedía que su jefe gruñera por sus extraños horarios y sus idas y venidas.
Esa noche, estaba a punto de ser conducida a un lupanar donde se traficaba con opio y componentes mágicos prohibidos. No obstante, un movimiento furtivo en uno de los tejados cercanos le pareció sospechoso y decidió dejar su misión por el momento. Prefería prevenir que meterse en una trampa, de modo que dio un rodeo para comprobar que realmente la seguían y se dirigió al sitio ideal para cazar a quien quiera que intentara cazarla.
Como cualquier persona conocedora de los ardides del submundo, nada más comenzar a moverse por él había empezado a prepararse para cualquier circunstancias. Esa preparación incluía un par de guaridas, varios lugares donde tender trampas a posibles adversarios y muchos escondites para armas, cuerdas y material de ataque y defensa de todo tipo. Se dirigió a uno de esos últimos y recogió varios materiales para acercarse finalmente a un callejón sin salida donde lo preparó todo antes de esconderse entre las sombras.
Tal y como esperaba, su perseguidor apareció al cabo de pocos minutos y calló de lleno en la trampa, quedando enredado sin remedio en una maraña de hilo de pescar. Terral se acercó y con un rápido movimiento registró y desarmó al desdichado, que no paraba de revolverse sin lograr otra cosa que enredarse aún más. Luego cortó algunas de sus ataduras y se lo llevó a un lugar donde no les molestaran. Cuando finalmente estuvo segura de que nadie metería en sus asuntos, se dispuso a interrogar a su prisionero, sólo para darse cuenta de que ya le conocía.
—¿Cinco mil tres? —preguntó. Al reacción del hombre le confirmó sus sospechas. Se trataba de uno de sus antiguos esclavos, de los que más tiempo llevaban con ella. Dado que los sacerdotes del mal no tenían interés en aprenderse sus nombres los numeraban, y Terral nunca se había atrevido a preguntarles por su verdaderas identidades. Era poco probable que se los dieran voluntariamente, de todos modos, porque los nombres tenían poder—. Será mejor que expliques qué estás haciendo aquí y por qué me seguías —como única respuesta recibió una mirada impasible—. Podemos hacerlo por las buenas o por las malas.
—Ambos sabemos que, a no ser que las cosas hayan cambiado mucho las cosas, hacerlo por las malas no significa nada —gruñó él con resentimiento.
—Insolente —se enfadó Terral, sabiendo que tenía razón y que eso le daba ventaja—. ¿Acaso has huido y vienes a vengarte? No eres muy listo si vienes a por mí habiendo tantos otros que son culpables realmente. Bien sabes que arriesgué mucho por vosotros, especialmente por Cinco mil treinta y por ti —intentó comprender sus motivos en voz alta. Una reacción al oír el nombre de su compañera, que había pertenecido a otra sacerdotisa a manos de la cual había estado a punto de morir numerosas veces hasta que, haciendo caso a las súplicas de Cinco mil tres había fingido encapricharse de ella y se la había arrebatado, le dio la pista—. Han amenazado a Cinco mil treinta si no lo haces.
—Lo siento — él asintió—. La matarán si no he vuelto pasado mañana con tu cabeza o al menos localización.
—No lo sientas. No es como si tuvieras la más remota posibilidad de volver con cualquiera de las dos cosas —respondió ella, ofendida por su traición. No obstante, su expresión de dolor la ablandó—. Sin embargo, es posible que te ayude.
—No podrías, ni siquiera tú. Han traído dos docenas de sacerdotes y magos preparados para capturarte.
—¿Quién ha dicho que yo vaya a enfrentarme a ellos? Casualmente conozco a unos tipos que están dispuestos a cualquier cosa con tal de limpiar el país de clérigos y sacerdotes malvados.
***
El plan de Terral salió a la perfección. Condujo a Cinco mil tres ante Norval, tras explicarle que debía omitir toda alusión a su verdadera naturaleza y a la misión que le había llevado a la ciudad. Por suerte, él comprendió que cualquier referencia de ese tipo no sólo sería el final de la semisúcubo, sino que supondría el fracaso y un retraso inevitable en cualquier rescate que se pudiera plantear, por lo que fingió haber huido en busca de ayuda. Apenas un par de horas después un pequeño ejército se encaminó al campamento enemigo.
Terral se mantuvo en la retaguardia en todo momento y se las arregló para que evitaran al esclavo participar activamente en la lucha. De este modo no sólo protegía a la prisionera, si es que seguía viva, sino que no se confirmaría su presencia en la ciudad en caso de que alguien escapara.
No escapó nadie, sin embargo. Por la poca potencia de sus hechizos, Terral imaginó que eran posibles incorporaciones y que no tenían mucho poder más allá de su superioridad numérica, de modo que no le extrañó que, al ser derrotados, todos cayeron fulminados antes de que pudieran interrogarles.
Eso la alivió y le preocupó al mismo tiempo. Por un lado, eso suponía que su secreto estaba relativamente a salvo. Por otro, la querían viva (si no, no hubieran enviado a un simple esclavo a localizarla y se habrían limitado a filtrar la información para que los sacerdotes del bien hicieran el trabajo sucio) y no habían perdido la esperanza de recuperarla y utilizarla para cuales fueran sus siniestros planes. Eso significaba que lo volverían a intentar y que no se olvidarían fácilmente de ella, tal y como había esperado.
Estaba tan perdida en sus pensamientos que ni siquiera se dio cuenta de que Cinco mil treinta estaba viva y se abrazaba con fuerza a su compañero justo ante sus narices.
—Me encanta cuando todo sale bien —dijo Norval sonriente—. ¿Por qué frunces el ceño de esa forma?
—¿No ha sobrevivido ninguno?
—No. Ni siquiera quien les lideraba.
—¿Y eso no te parece preocupante? Esa gente tiene un gran instinto de autoconservación. ¿Qué puede ser tan importante como para que sacrifiquen sus vidas de esa forma?
—¿A dónde quieres llegar?
—A que, sea lo que sea lo que tramaban, no lo han terminado. Y si es lo bastante importante para merecer ese sacrificio por mantener el secreto, volverán.
—Me encargaré de que aumenten el número de patrullas por la zona —Terral asintio y Norval dudó antes de continuar—. Sabes mucho para no haber tenido contacto directo con los cultos malignos —ella se tensó. Norval nunca había hecho preguntas directas sobre su pasado y anticipaba una que no podía responder sin una sonora mentira—. ¿Fuiste su prisionera?
—No habríamos sobrevivido a nuestra esclavitud sin ella —intervino Cinco mil tres ambiguamente, salvándola de contestar.
—Es un tema del que prefiero no hablar —Terral adoptó una pose distante—. Si no me necesitáis más, volveré a casa.
—Pero... ¡Espera! ¡Lo siento! —gritó el sacerdote inútilmente, porque ella ya se había perdido entre los árboles.
***
Días después, Terral se afanaba por eliminar del mostrador los resultados de la torpeza de uno de sus clientes. Aunque su jefe había estado presente, en ese momento se comportaba como si la culpa hubiera sido culpa suya y gruñía por lo bajo. La semisúcubo, que sabía que protestar era el deporte favorito del mago, le ignoraba y no hizo el menor amago de girarse cuando entraron nuevos clientes.
—Hola —la voz de la mujer la hizo volverse y buscar una vía de escape, pero estaba completamente expuesta, lo cual hizo que Cinco mil tres y Cinco mil treinta intercambiaran una mirada y una media sonrisa—. Sigues sintiéndote incómoda cuando alguien se te acerca con la obvia intención de darte las gracias, a pesar de que las circunstancias no son ni de lejos las mismas.
—Bueno, si lo sabéis no entiendo el porqué de vuestra insistencia —empezó a farfullar Terral sin dejar de limpiar—. Cada uno que siga su camino y en paz.
—En realidad, tenemos una excusa para venir aquí. Buscamos trabajo.
—¡Esto es lo último! ¿Es que se creen esos sacerdotes que pueden colocarme a todos sus refugiados? ¡Ésta todavía no ha cometido el error garrafal que la mandará a la calle!
—En realidad... no nos referíamos a usted. Sino a ella. Queremos desenmascarar a los criminales de esta ciudad ¿Podemos hablar de ello en un sitio más tranquilo?
—¡Desde luego que no! No acaba su jornada hasta dentro de una hora. Hasta entonces, ¡largo!
Una hora después, Terral se debatía entre salir y encontrarse con los dos ex esclavos o encerrarse en su habitación hasta que desistieran y decidieran marcharse. Kareilos eliminó su dilema obligándola a reunirse con ellos porque tener a dos personas a su puerta pasando frío le hacía quedar mal.
Malhumorada, les condujo a una taberna cercana en la que sabía que tendrían privacidad.
—Yo trabajo sola.
—Sólo porque tienes un secreto que no quieres que nadie descubra. Pero nosotros ya lo conocemos, así que no tienes de qué preocuparte.
—Sí, si pierdo dos tercios de mis beneficios por compartir un trabajo que bien puedo hacer sola.
—Si trabajamos juntos, trabajarás tres veces más rápido y no tendrás que preocuparte por los beneficios.
—Me parece que te sobrevaloras en exceso, Cinco mil tres. Y a ella también.
—Me parece que no. Ambos éramos excelentes guerreros antes de que nos capturaran. Y, por cierto, no nos hemos presentado formalmente todavía. Soy Adiadne. Y él es Vael.
—Ya. Sigue sin convencerme.
—Sólo tienes que ponernos a prueba. No tienes nada que perder, y sí mucho que ganar.
—El sueldo no será suficiente para nada.
—No nos tenemos que preocupar por eso.
Terral suspiró, dándose cuenta de que la pareja no iba a ceder.
—De acuerdo. El otro día, antes de que me interrumpieras, estaba siguiendo a un tipo... —les resumió brevemente sus sospechas y lo que esperaba de ellos. Por sus preguntas y sus sugerencias, se dio cuenta de que no mentían y que estaban capacitados para el trabajo. Ya no trabajaría sola. Aunque no estaba segura de que le agradara la idea.

Follow on Bloglovin
--------------------------------------------------- 
Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

martes, 21 de enero de 2014

Terral: orígenes: sospecha

Tengo un poco abandonado el personaje de Terral, a pesar de que me habéis preguntado en más de una ocasión cuándo voy a publicar otro relato. No sé por qué no lo he publicado, teniendo como tengo varios relatos hechos. Quizás la falta de tiempo ^^.
Para los que todavía no sepáis quién es este personaje, aquí tenéis enlaces a otros relatos y a su ficha:
Sospecha
La ciudad es inmensa y no puedo ocultar mi asombro al verla. No es que tenga que ocultar nada, ni a Norval ni a nadie, pero las viejas costumbres perduran.
Me preocupa mucho que las barreras mágicas detecten el hechizo de ocultación de mi naturaleza demoníaca, o la ilusión que esconde mis alas. Mi compañera tenía que reforzar el conjuro justo antes de entrar, pero no tuve más remedio que matarla. Sólo puedo confiar en la suerte una vez más, pero por si acaso estoy preparada para huir si soy descubierta. Por más que el hechizo oculte y de alguna forma impida salir a mi parte demoníaca, sigue estando ahí y soy perfectamente consciente de que no soy precisamente pura.
Espero sinceramente que no pase nada. No sólo porque perder la amistad de Norval sería un golpe muy duro y difícil de superar, sino porque esconderme de los sacerdotes malignos que sin duda me perseguirán cuando se enteren de todo será más sencillo en la ciudad con más clérigos del bien por habitante de toda Dielm. Pero, salvo un ligero estremecimiento del colgante al atravesar la muralla, no ocurre nada significativo.
Una vez dentro, no tengo muy claro qué hacer a continuación. Se supone que Daided tenía los contactos y el dinero, pero yo no tengo más que un par de monedas de oro y no sé dónde ir. Supongo que tengo que encontrar trabajo, pero no poseo ninguna experiencia ni sabría dónde buscarlo. Estoy a punto de preguntar discretamente a los comerciantes cuando Norval se me adelanta.
—Escucha, Terral. No he podido evitar fijarme en que tu bolsa no está precisamente llena... ¿tienes amigos en la ciudad que te den alojamiento, o un lugar donde trabajar? —enrojezco, pero no me atrevo a mentirle al respecto y niego con la cabeza—. Verás, conozco a un tipo que siempre necesita ayudantes en su tienda. Es quisquilloso y nunca está contento, gruñe, protesta y frustra a todo el mundo, pero por algo se empieza y el alojamiento y la comida están incluidos en el sueldo, que por otro lado no está tan mal. Ya sé que no es ideal pero...
—Podré soportarlo —le interrumpo. Si él supiera...
***
Llegamos a la calle principal y entramos en uno de los locales más suntuosos de la plaza. Sólo por el olor ya sé que es una tienda de magia, aunque está tan impoluta y organizada, con los ingredientes metidos en tarros mate y los libros y componentes grandes fuera de la vista, que nadie podría decirlo de buenas a primeras.
Norval se dirige al mostrador y tira débilmente de una campanilla. Un individuo de avanzada edad, que viste como un noble, se apresura escaleras abajo refunfuñando, pero cuando ve a mi compañero se detiene.
—¿Qué? ¿Otra inútil para el puesto?
—Kareilos, si recibes así a tus trabajadores desde el primer día no puedes esperar una actitud positiva por su parte.
—Lo mismo da, ninguno aguanta conmigo más de unas pocas semanas. No merece la pena ser amable —se gira hacia mí—. ¿Sabes algo de magia?
—Algo sé. Pero soy un desastre si intento practicarla.
—No necesito a un practicante, sino a alguien que sepa distinguir una gema encantada de una decorativa, no confunda los componentes de hechizos entre sí y no me mezcle las hierbas sólo porque se parecen.
—En tal caso, puedes contar con que haré bien mi trabajo.
—Veremos. Sube, deja tus trastos en el primer cuarto según acaban las escaleras y vuelve aquí como si huyeras de una horda de orcos. Te explicaré las cosas una sola vez, ni una más. Si te ves incapaz de memorizar todas tus tareas, los horarios y hasta el último de los productos de esta tienda, ya te estás largando.
Sonrío y hago lo que me dice. Teniendo en cuenta dónde me he criado, no será difícil esttar a la altura del puesto.
***
Ha pasado una semana y Kareilos sigue en la misma línea que el primer día. Ya apenas tiene motivos de queja por mi parte, lo cual parece irritarle todavía más, pero no me preocupa. Al contrario que mis viejos maestros, que cumplían sus amenazas (y eran amenazas mucho más temibles que las que profiere mi jefe), a él se le va toda la fuerza por la boca.
Mi nueva vida me gusta. Tengo suficiente tiempo libre para recorrer la ciudad con Norval, e incluso he conocido a gente interesante por mi cuenta. El resto del tiempo lo paso en la inmensa biblioteca, a la que todo el mundo tiene acceso. Me he adaptado rápido: sólo tengo que seguir mis inclinaciones naturales, en vez de contenerlas.
En cuanto al trabajo, reconozco rápidamente los objetos mágicos, los ingredientes y las hierbas que me piden los clientes. Aparte de eso, no tengo más que ordenar, limpiar, hacer recados y anotar cuidadosamente qué se lleva cada persona. Kaleidos insiste que es su responsabilidad todo hechizo que se realice con lo que vende, y lleva una estrecha vigilancia para detectar anomalías que indiquen un uso maligno de sus productos.
Nunca he tenido problemas con esa norma hasta hoy. Un cliente se ha llevado una serie de hierbas e ingredientes que, en apariencia, son inofensivos. Kareilos no le ha dado importancia, pero yo sé que en esas cantidades se puede hacer un hechizo para anular la voluntad. Lo que es más, revisando su historial he encontrado compras igualmente preocupantes, aunque en principio sean ingredientes comunes.
¿Cómo contarle mis sospechas sin revelar parte de mi pasado? Este dilema me atormenta. No puedo dejar que ese hombre realice el hechizo, pero basar mis acusaciones en la intuición no servirá de nada: su reacción ha sido reír y amenazar con despedirme si me niego a atenderle. La otra opción es encontrar pruebas más consistentes y dejar a Kareilos al margen, lo que podría dejarme expuesta a aquellos que sin duda están tras mi pista. No obstante, me temo que no me quedará más remedio que intentarlo. Maldita mi conciencia, por no permitirme ignorar la situación y quedarme al margen. Espero equivocarme.
***
Tras tres días siguiendo al mago, mis sospechas de que hace magia oscura se han convertido en una certeza casi absoluta, lo cual me ha planteado un nuevo dilema: ahora que lo sé, ¿qué hago? No puedo interceptarle y atacarle, o intentar liberar a sus víctimas, sin arriesgarme a un ataque que dejaría al descubierto mi verdadera identidad.
Por supuesto, la respuesta está clara. Sólo falta reunir el valor necesario para hacerlo. Norval puede encargarse del asunto con facilidad, pero para contárselo todo necesito confiar en él y en que no hará preguntas. Por supuesto, somos amigos, y en cualquier sitio que no sea aquel donde me crié eso implica un cierto nivel de lealtad, pero nada puede asegurarme que su lealtad hacia mi persona sea mayor que la que siente hacia la institución sacerdotal a la que pertenece.
Necesito dos días más para animarme, y le obligo a jurar por sus dioses que no va a preguntarme cómo conseguí la información que le proporciono, planteándolo de tal forma que parece que estoy protegiendo a alguien más. También le hago prometer que no revelará a nadie quién se lo ha contado.
Me mira raro, pero accede, y le digo todo lo que sé sobre el mago: dónde vive, qué clase de hechizos realiza e incluso algunas de las protecciones, mágicas y comunes, que he descubierto durante la vigilancia. Su rostro se vuelve más sombrío por momentos y cuando termino me dice, antes de girarse para volver al templo.
—Me encargaré de comprobar que todo es cierto —titubea, antes de añadir—. Terral, no sé a quién intentas proteger haciéndome prometer todo eso, pero si tiene que recurrir a subterfugios e intermediarios para revelar a las autoridades la identidad de un criminal, no creo que sea trigo limpio. Ándate con ojo.
Asiento y respondo con una media sonrisa, aunque en mi interior siento cierto enfado. Sé que no pretende insultarme, porque no sabe que no intento proteger a nadie más que a mí misma, pero me duele que piense que no soy trigo limpio. Lo soy, o al menos lo es mi parte dominante, tanto más desde que enterraron tan profundamente mi parte oscura para hacerme pasar por una humana corriente.
Si algo he aprendido de esto, es que nunca, pase lo que pase, debo permitirle que se entere de mi secreto.
Follow on Bloglovin--------------------------------- 
Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

miércoles, 10 de julio de 2013

Terral: orígenes: misión

Hacía mucho que no compartía ningún relato sobre Terral... así que va siendo hora. Para los que todavía no sepáis quién es este personaje, aquí tenéis enlaces a otros relatos y a su ficha:
Terral: orígenes: misión
Los ángeles observaban el mayor templo de culto de los sacerdotes malignos, incapaces de abrir una brecha en sus defensas. Sabían que tarde o temprano la semisúcubo a la que, gracias a un golpe de suerte, habían bendecido con un alma humana en el momento de su concepción, no tardaría en cometer un fallo que la delatara o, lo que era peor, acabaría por perder la batalla contra su parte maligna.
Era necesario alejarla del templo mientras fuera posible, pero para eso era necesario un despiste de alguno de los siervos del mal. Por suerte no tuvieron que esperar mucho y al fin una sacerdotisa bajó la guardia y los ángeles se miraron con picardía.
***
Terral esperó en la antesala, incómoda en su silla tanto por el lastre de sus inútiles alas como por las ajustadas ropas que se veía obligada a ponerse para fingir ser una súcubo en plenitud de facultades. Desde hacía un par de años, cuando había cortado a un humano con sangre de íncubo sus genitales en un intento de zafarse de sus atenciones, se había convertido, contra todo pronóstico, en objeto de atenciones de todos los sacerdotes menores de setenta años.
No le quedaba más remedio que actuar como se esperaba de ella, si no quería que alguien se diera cuenta de que algo no funcionaba y que sus impulsos no eran los adecuados. Por suerte, el nido de envidias y desconfianza que era el templo había favorecido que saliera airosa hasta la fecha. Consiguió fácilmente que sus pretendientes pasaran tanto tiempo ideando formas de matarse entre ellos como intentando seducirla, lo que le daba bastante margen de maniobra.
Aun así, no podía evitar los cada vez más constantes momentos en que su otro yo emergía, especialmente cuando estaba llena la luna, obligándola a participar en numerosas orgías. La última había acabado con varios sacerdotes degollados, pero dudaba que la convocatoria fuera para reprenderla por eso. Antes bien, no perdieron el tiempo para felicitarla por la masacre.
Suspirando cuando por fin la hicieron entrar, se esforzó mor parecer indiferencia, cosa que siempre ayudaba a evitar llamar la atención sobre sus deficiencias.
—Sabrás por qué te hemos hecho llamar —dijo su madre, a la cabeza del consejo.
—Salvo que sea para comunicarme que por fin me vais a dar una cámara más grande, no me interesa —respondió secamente. Desde que acabó su entrenamiento hacía unos meses había alcanzado el rango de sacerdotisa honorífica. Eso, siendo superior a ella al tener sangre de demonio en sus venas, significaba que debía tratar a todos con desdén, a la par que fingir que estaba sometida a los caprichos más ridículos.
—Tu cámara ya ha sido ampliada varias veces, y cuenta con todos los lujos. 
—Sigue siendo un cuchitril —fingió empecinarse ella. En realidad, prefería mil veces estar en unos aposentos pequeños, pero no se le había ocurrido otra cosa para dar rienda suelta a la fingida actitud caprichosa que debía adoptar a todas horas sin cargar a sus espaldas con demasiados esclavos—, yo merezco un templo propio.
—He tenido un sueño profético —cambió de tema una de las sacerdotisas de menor rango, Daided interrumpiendo la estúpida conversación sobre sus aposentos, que podía alargarse horas. Terral, aunque curiosa, la miró con aire de superioridad y dijo:
—¿Y eso a mí qué me importa?
—Te importa, hija mía, porque tú tienes que ver con él.
—¿Y? —nadie se dio cuenta de que se estaba poniendo nerviosa, y con su tono transmitió a todos que más les valía no andarse con rodeos ni poner a prueba su paciencia.
—Y eres nuestra mejor oportunidad para dar un duro golpe a los sacerdotes de los dioses benignos.
—¿Cómo? —preguntó, temiendo un nuevo ritual para despertar a su parte maligna. Como cada vez resultaba más difícil controlar esa parte de su ser, temía el próximo ritual. Por suerte, las continuas masacres que se producían cada vez que salía a la luz obligaba a las poderosas sacerdotisas a realizarlo sólo en ocasiones especiales.
—Seduciendo a uno de sus sacerdotes de alto rango, infiltrándose entre ellos.
Terral las miró atónita y todas sonrieron, dándose cuenta de su desliz.
—¿Y cómo se supone que voy a hacer tal cosa? Una cosa es seducir a un miserable humano y otra es que me acepten entre ellos tranquilamente —reaccionó rápido, imprimiento en su voz un tono furioso.
—Tenemos nuestros medios. Invertiremos una gran cantidad de energía para ocultar vuestra magia oscura y que podáis entrar sin dificultad en la ciudad, de modo que no fallaréis.
—¿Fallaremos?
—No esperarás que no participe en la gloria de mi propio sueño profético... —se carcajeó Daided.
—Tú misma —se encogió de hombros Terral. Aunque era evidente que se lo había tomado como una amenaza, la sacerdotisa no se amedrentó.
***
Terral entró en la taberna haciendo un esfuerzo por ocultar su entusiasmo. Aunque Daided había decidido participar en la misión, por motivos de seguridad se había decidido que realizaran la primera etapa del viaje por separado. Por suerte, era la más larga y estaba disfrutando de ese periodo sin vigilancia: no sólo podía vestirse como le apetecía, con ropas más holgada, con la excusa de disimular su verdadera naturaleza,sino que podía disfrutar de su entorno con tranquilidad y sin disimulo.
Acercándose a la barra, pidió una buena cena y una habitación individual, que pagó generosamente al posadero, diciendo que necesitaba urgentemente ir en la próxima caravana. Éste, un bonachón algo charlatán, le indicó que una partiría en dirección a la ciudad de Daimoide en un par de días, en cuanto se supiera de otro pasajero que también necesitaba viajar cuanto antes. Todavía estaba hablando cuando la puerta de la taberna se abrió, dando paso a un joven clérigo del bien.
—Benditos los ojos, muchacho. ¡Ya te daba por muerto! —exclamó el posadero mientras Terral miraba al recién llegado nerviosa y con el temor de que reconociera su naturaleza maligna y diera la voz de alarma, pero no sólo no se dio cuenta, sino que además se presentó, estrechando su mano amigablemente, y se sentó a su lado.
—Estúpido de mí, conseguí desterrar a ese demonio menor pero a la vuelta decidí atajar por el bosque y me perdí —rió el joven—. ¡Pero qué grosero soy! Me llamo Norval.
—Terral —respondió ella, algo seca, con la esperanza de que se fuera pronto.
—Bonito nombre. Poco visto.
—Esta encantadora huésped mía se dirige también a Daimoide. Ahora que estás aquí, la caravana partirá mañana, si no hay inconveniente.
—¡Para nada! —dijo la semisúcubo, aunque deseando quedarse en la taberna hasta la próxima. No obstante, dada su insistencia en que necesitaba partir cuanto antes, negarse de repente, justo tras conocer al clérigo, hubiera resultado sospechoso. Barajó la posibilidad de fingir una enfermedad, pero algunos sacerdotes tenían el poder para curar esa clase de cosas y en cuanto usara su habilidad sobre su cuerpo notaría la trampa y su secreto se revelaría. Así pues, se resignó y tuvo que encomendarse, una vez más, a la suerte.
—¡Estupendo! —Norval sonrió—, no es que desprecie la compañía de los ancianos, pero los viajes siempre resultan más amenos cuando tus acompañantes tienen tu misma edad.
***
Terral pronto abandonó sus reservas y comenzó a disfrutar del trayecto. Norval era un compañero excelente: no hacía preguntas, a pesar de que a veces era evidente que ella no entendía ciertas cosas que debían ser sabidas por cualquiera, y su conversación era interesante e instructiva. Le encantaba reir a menudo, sin sentirse obligada a ocultarlo y a mantenerse en guardia. La risa, en ese contexto, lejos de la influencia del culto a los demonios, no era considerada una debilidad..
De hecho, el comportamiento que ella siempre había considerado como normal y que se había visto obligada a adoptar para sobrevivir era inusual y algo sospechoso, por lo que por primera vez en su vida pudo relajarse y comportarse como dictaba su instinto. Aun así, no podía evitar cierta desconfianza hacia todos los que no fueran Norval, lo que, pensándolo objetivamente, era irracional, porque a priori era el más peligroso y el que más posibilidades tenía de descubrirla.
Sin embargo, no era la única a la que el clérigo provocaba esa reacción. Siempre que él estaba cerca, todo el mundo parecía más alegre y el ambiente era más distendido. Tanto se notaba el cambio que llegó a sospechar que era debido a un hechizo, pero pronto se dio cuenta de que no había ninguna magia implicada, sino que todo se debía a la carisma natural del joven.
Lo único que ensombrecía el ánimo de Terral en el viaje era la proximidad del punto de encuentro con Daided, cuya presencia podía cambiar las cosas demasiado rápido, así que pronto se vio haciendo lo posible por alargar el trayecto en la medida de lo posible. No obstante, con sus tretas apenas consiguió retrasar un poco la marcha de la caravana, que llegó a la posada donde se había fijado el encuentro sólo un día después de lo previsto.
Nada más entrar percibió a la sacerdotisa, que se hallaba sentada en la parte más solitaria. Cuando el posadero informó al jefe de la caravana de que una de sus huéspedes se había tenido que quedar en la taberna por una enfermedad repentina mientras su grupo seguía su camino y que ahora que se encontraba bien necesitaba volver a ponerse en marcha, Terral frunció el ceño. Deseó que los líderes de la caravana se negaran a aceptar un nuevo viajero, pero no había razones para rechazarla.
Pronto comenzaron a negociar y, tras una corta conversación, Daided se acercó al grupo para presentarse. Ignorando a Terral en la medida de lo posible, saludó al resto con una inclinación de cabeza, sin ser capaz de evitar lanzar una mirada cargada de virulencia a Norval. Luego, aprovechando un momento en que nadie miraba, le pasó un papel arrugado a la semisúcubo. Cuando se quedó sola y pudo leerlo se estremeció. Las llamas de la chimenea pronto hicieron desaparecer las inclinadas letras, cuyo mensaje rompió todas sus esperanzas.
Hay que deshacerse del clérigo ya.
***
Dos días después, Terral se acercó a Norval mientras recogía leña y puso en marcha el plan que había elaborado desde que leyó la nota.
—Norval, ¿tú y Daided os conocíais de antes?
—No... ¿por qué lo preguntas? —se extrañó él.
—Porque te odia.
—No me odia, Terral —se echó a reír Norval—. Nos trata a todos igual de mal.
—Al resto nos desprecia. A ti, en cambio... te mira con un sentimiento mucho más profundo que el desprecio. 
—¡Qué tontería! ¿Por qué iba...
—¿Quién sabe? De todos modos, si es cierto que no la conoces, deberías andarte con cuidado.
A partir de ese momento, y aunque se había apresurado a tranquilizar a su amiga, no pudo evitar fijarse más en Daided y no tardó en darse cuenta de que Terral tenía razón. La sacerdotisa, a su vez, se dio cuenta de ese cambio de actitud y decidió que era el momento de actuar.
El plan era sencillo: aprovechar la guardia que Terral y Norval hacían juntos para obligarles a alejarse y matar al clérigo entre las dos. Terral no pudo relajarse en toda la noche y, cuando el clérigo le preguntó por su inquietud, se justificó con un mal presentimiento.
Poco después, se escuchó un ruido en la espesura y ambos de acercaron a investigar, pero cuando Daided lanzó su rayo letal a Norval la semisúcubo hizo justo lo contrario a lo acordado y se abalanzó sobre él para sacarle de la trayectoria del proyectil.
En cuestión de segundos el sacerdote se libró de la sorpresa y comenzó a preparar conjuros defensivos mientras Terral desenvainaba la daga de su bota y se lanzaba contra su enemiga. Tres movimientos después, estaba muerta. Deshaciendo los conjuros defensivos, que no había llegado a utilizar, Norval se acercó lo suficiente para escuchar el último susurro distorsionado de su atacante.
—¿Traición? ¿Qué habrá querido decir?
—No creo que dijera traición —Terral se encogió de hombros mientras respondía, ocultando deliberadamente la quemadura que le había hecho el rayo mágico, la cual sanaba increíblemente rápido—. A mí me ha sonado más bien a maldición.
—Sí que ha dicho traición —el clérigo se acercó al cadáver y reveló la marca que llevaba en el hombro—. Es una sacerdotisa maligna, probablemente de uno de los demonios mayores. Dudo mucho que estuviera sola.
—Quizás quien planeó el ataque con ella la abandonó en el último momento.
—¿Pero por qué iba a considerar eso una traición? Los sacerdotes del mal lo hacen constantemente.
Terral reaccionó rápido y, dando un bote, echó a correr en dirección al campamento.
—Van a por los demás —gritó. Por suerte, esa distracción fue suficiente para que Norval se olvidara del tema y la siguiera hacia sus indefensos compañeros, que en ningún momento habían estado en peligro.
Una vez que todos fueron despertados y se organizaron para explorar los alrededores, en los que no había ningún peligro, todos suspiraron aliviados. Pero el alivio de Terral era de una naturaleza diferente: se había librado por poco de ser descubierta y su última conexión con el templo había desaparecido a la muerte de Daided. Desde ese momento era libre, aunque tendría que andarse con pies de plomo en adelante.
Follow on Bloglovin--------------------------------------------------------------------------------- 
Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

martes, 9 de abril de 2013

Terral: orígenes: adolescencia

Vale, sí, hace un montón que no cuelgo ningún relato pero ¡ha habido tantas noticias buenas que compartir últimamente! (y tan poco tiempo para nada...). Pero aquí está... ¿Os acordáis de Terral? ¿No? Posiblemente, muchos ni siquiera conociérais el blog cuando empezó todo el tinglado, así que os comparto las entradas anteriores:
Y aquí tenéis un nuevo relato de este personaje... Sé que muchos lo estabais deseando (hay quien me ha echado la bronca...).

Terral: orígenes: adolescencia
 Me han convocado en la gran sala, debe ser importante. No me han mandado llamar más que en un par de ocasiones desde el incidente en la torre de magia. Desde entonces me consideran uno de los suyos y me esfuerzo para que no cambien de opinión. Si ellos supieran, o incluso si sospecharan, no tardaría en morir.
Frunzo el ceño cuando veo que Asteen también espera en el vestíbulo. Ella es la única, aparte de mi propia madre, a la que puedo considerar realmente una amenaza. El resto sólo se preocupa por su propio reflejo y, una vez que dieron por sentado que yo había aprendido por fin a ser un demonio y que por tanto era una amenaza, dejaron de vigilarme e intentar sabotearme.
Pero ellas... ellas son distintas, porque tienen motivos para buscar en mí cualquier signo de debilidad. Asteen, porque soy su superior entre los no iniciados y, hasta que pueda conseguir que la acepten como sacerdotisa, para lo cual le quedan unos años, siempre buscará la forma de quitarme de en medio para ocupar mi lugar. Como si a mí me gustara ser quien soy y tener estos supuestos privilegios, que a mis ojos son una maldición.
Mi madre, por su parte, me vigila porque su posición de poder se basa precisamente en que hace quince años masacró a sus competidoras para concebirme. Si yo no soy lo que todos esperan de mí, la segunda en quien recaerá la ira de todos será ella.
Casi me da pena, porque no soy exactamente un ejemplo a seguir. No me interesa el poder, ni perjudicar a nadie, ni participar en los ritos de magia oscura. Odio torturar a los esclavos. Los esclavos me caen mejor que las sacerdotisas, los fieles y los aspirantes. Definitivamente, hay algo torcido en mí. Y no está claro qué es, dado mi parentesco.
Pero, como decía un viejo amigo mío, que murió por mi culpa, es como si el hijo de un ángel se pusiera a hacer maldades. No es natural. Y a los ángeles doy gracias, si es que existen —y aunque si me topara con uno no tardaría ni medio segundo en acabar con mi existencia—, que nadie se haya dado cuenta de que mi interés por ser más poderosa en la lucha —ya que con la magia soy una nulidad— no se debe a mi deseo de ser invencible, sino a un intento por agotarme y evitar que mi parte maligna salga a la luz. A eso, y a que aquí no hay otra cosa que hacer, aparte de torturar a los esclavos. Los míos tienen todos heridas superficiales, por guardar las apariencias, y son lo bastante listos para seguir con la farsa.
También doy gracias a los dioses benignos, que son los padres de los ángeles y que seguramente existen, a juzgar por los esfuerzos de la gente del templo por menguar su poder, por permitir que mi participación en los ritos oscuros sea una actuación magistral. La suerte está conmigo durante esas celebraciones, porque ni se da cuenta nadie ni mi parte demoníaca se siente tentada a salir en la mayor parte del tiempo, a pesar de los deseos de todos son precisamente de esa índole.
—Terral —Asteen interrumpe mis pensamientos, al ver que finjo que no le presto atención. Sé que eso le molesta, aunque de todas formas lo haría porque nada de lo que dice merece el esfuerzo de escucharla. No obstante, mi postura de indiferencia hacia ella es en el fondo una mera fachada y ambas lo sabemos. No puedo ignorar que al menor descuido me rajará la garganta mientras duermo. Tras un último gesto de desprecio al que reacciona con una mueca de desagrado, me instalo lo más dignamente posible —difícil, pues las sillas humanas no están diseñadas para los seres alados— en la otra punta de la habitación.
Nos hacen esperar un buen rato, parece que disfrutan despertando la impaciencia de sus inferiores, pero hace tiempo que aprendí a controlar mi nerviosismo hasta eliminarlo por completo. Finalmente nos llaman y entramos a la oscura sala. Están todas las sacerdotisas importantes y un visitante masculino con dos alas mucho más pequeñas que las mías, casi ridículas. Sin duda tiene sangre de demonio, pero muy diluida.
Nada más verle me azota una oleada de deseo tan intensa que me cuesta contenerme para no lanzarme contra él y copular aquí mismo. Mi parte humana se rebela contra ese deseo y noto a mi parte demoníaca despertar. Para mi sorpresa, esa parte de mí que tanto temo tiene tantos deseos como mi otra mitad de apartarme de ese desconocido, aunque por distintas razones: desea provocar ese efecto en la gente, no sentirlo, y no está dispuesta a rendirse y ceder.
Es, a mi juicio, un sentimiento tonto, pero mi parte demoníaca por fin se ha puesto de acuerdo conmigo en algo, y en mi interior se produce una extraña tregua que no puedo dejar de agradecer. No tengo tiempo de detenerme en esa sensación, porque mi madre habla.
—Terral, Asteen, permitidme presentaros a nuestro huésped, Dreoded. Espero que le deis la más calurosa de las bienvenidas.
Ya está, lo ha dicho. Pretende que no me separe de él, a ver si se me pega algo. Su forma de decirlo me manda la señal de que debo complacerle en todos sus deseos. En cambio, le doy la bienvenida con tono falso, con una mueca despectiva que sale de los más hondo de mis dos mitades, mientras Asteen se humilla haciéndole hondas reverencias.
El tipo debe ser alguien importante para que se comporte de esa forma, pero no le sirve de nada porque su mirada no se aparta de mí. El demonio que llevo dentro no para de bramar que es inferior a mí y que su sangre diluida apenas le hace un poco mejor que el resto. Eso sería un punto a mi favor si no fuera por ese aura de fascinación que le envuelve y que —estoy segura— ahora mismo está dirigiendo hacia mí.
***
Han pasado días desde que llegó y ese maldito Daided parece cada vez más dispuesto a acabar con mi autocontrol. La súcubo que llevo dentro intenta compensar el deseo que le provoca éste individuo mediante la conquista de todo espécimen de sexo masculino que parezca apto. Me obliga a coquetear e insinuarme a todos esos hombres horrendos, pero por suerte yo acabo por tomar el control antes de conducirles al primer rincón oscuro a nuestro alcance. No obstante, cada vez me cuesta más y no ayuda tener a ese semi-semi-íncubo rondándome. Él cada día prueba con distintas tácticas: encender mi vanidad, fingir indiferencia, incluso un cortejo al estilo de los humanos, que fue el que más cerca estuvo de atraparme.
Ahora, cuando le veo venir, no puedo evitar estremecerme. Aun así, mi otra mitad me obliga a pasar junto a él como si no pasara nada. Me agarra bruscamente y me besa con ferocidad. Para mi mortificación , mi parte demoníaca se rinde al deseo. Es lo que se puede esperar de una súcubo, supongo, pero no puedo recuperar el control de mi cuerpo y noto cómo me voy hundiendo en la tan temida niebla negra. Lanzo una última intentona, y grito interiormente:
¡Débil! ¡Eres débil por ceder!
Es a la desesperada, pero para mi sorpresa funciona y mi cuerpo pasa de estar lleno de deseo a ser inundado por la furia. Segundos después, los últimos rastros de mi conciencia desaparecen.
***
Espero en la antesala del gran hall, sabiendo, por primera vez de todas las que me han convocado, la razón por la que me convocan. Cuando volví en mí, Dreoded estaba en el suelo gritando como un cerdo y yo tenía en mis manos su virilidad sangrante. Un regusto metálico en mi boca me indicaba cómo se lo había arrancado.
Por supuesto, Asteen, que no se había separado mucho del huésped, había elegido ese momento para aparecer y gritar pidiendo ayuda. Es la primera vez que una de mis víctimas que sobrevive, aunque estoy segura de que mi yo malvado lo hizo adrede: la vida de alguien con sangre de íncubo que ha sido castrado sin duda es peor que la muerte, y se aseguró que ninguno de los sacerdotes pudiera hacer crecer de nuevo el órgano que le arrancó.
Entro en cuanto me llaman y Asteen me mira triunfante. La muy idiota se cree que me van a castigar por dañar a un huésped importante, pero bien sé yo que cualquier cosa que haga mi alter ego está bien. Con eso presente, no me cuesta responder a las acusaciones con lo que se espera de mí.
—Esta un ser débil e inferior que pretendió ser mejor que yo. Me ofenderé si se decide castigarme por ponerle en el sitio que le corresponde.
Todas asienten, e incluso mi madre me mira con algo parecido al orgullo. Asteen se enrabieta y comete su segundo error: manifestar su disgusto abiertamente. Las sacerdotisas la miran con intensidad y se da cuenta de su error demasiado tarde. No cometerá ninguno más, porque no pasará de esta noche.
Contengo un estremecimiento y sigo mirando impasible a la condenada, pero una parte de mí, que está algo más cerca de la superficie que antes, se regodea con su sufrimiento.
--------------------------------------------------------------------------------- 
Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

jueves, 20 de octubre de 2011

Terral: orígenes: entrenamiento

 Una nueva entrega de la saga de Terral, esta vez sobre su entrenamiento. A lo largo de hoy colgaré la entrada para que me deis las consignas del nuevo reto. ¡Estad atentos!


Terral: orígenes: entrenamiento
Un grupo de sacerdotisas de alto mando, las más poderosas del templo, deliberaban sobre Terral, la semisúcubo. A pesar de que su bautismo de sangre había sido el más magnífico del templo, no con el típico felino sino con la Gran Sacerdotisa en persona, la criatura demoníaca mostraba una inocencia inconcebible en una hija del mal y unas tendencias benignas ––como su deseo de enterrar con honores a su cachorro de leopardo, al que había criado como a un hijo –– que debían ser enterradas en el acto.
No obstante, las contadas ocasiones en que había despertado en ella su lado demoníaco, bien por accidente o bien por la realización de un ritual por parte de quienes se atrevieron a intentarlo, todos ellos muertos, se había desatado una terrible furia asesina imparable que había  causado innumerables bajas antes de poder controlarla.
Fuera como fuera, aunque destacaba en el arte de la lucha por sus excepcionales reflejos, era una auténtica nulidad en el campo de la magia y ni siquiera era capaz de volar aunque se suponía que era una capacidad innata en todos los semidemonios con alas.
Finalmente, su propia madre aportó la solución sugiriendo que se cobraran una vieja deuda que tenía un nigromante con el templo, al que habían ayudado a ascender al poder años atrás. Todas acabaron por aceptar, aunque a regañadientes, a falta de una solución mejor.
***
Terral subió corriendo las escaleras de la horrenda torre del nigromante, emocionada por su primera clase de magia. No obstante, percibió pronto que, por más que corría y sentía como que avanzaba, en realidad no lo hacía en lo más mínimo. Tampoco pudo retroceder, sino que por más que lo intentaba se mantenía en el centro de la torre, creyendo moverse pero sin hacerlo.
––Primera lección ––dijo una voz retumbante ––. Si quieres subir, lo harás volando.
––¡Pero yo no sé! ––se quejó tras un silencio desconcertado.
––Ese no es mi problema. Si no eres capaz de subir, dormirás con los esclavos. Y ahora baja al jardín.
Cabizbaja, Terral hizo lo posible por bajar sin resultado alguno, hasta acabar sentándose jadeante.
––¡No puedo bajar!
––¡Sólo por la zona central de la torre, estúpida! ¡Las escaleras están encantadas!
––¡Pero yo no sé volar! ––protestó antes de que un relámpago mágico destrozara el escalón en que se encontraba, haciéndola caer al vacío.
***
Al llegar la noche, con un ala dislocada por la caída y decenas de dolorosas quemaduras provocadas por los infructuosos métodos del nigromante para obligarla a realizar un escudo mágico, se dirigió a las dependencias de los esclavos para dormir. Por suerte, el miedo a las sacerdotisas y un cierto respeto hacia sus dormidas habilidades demoníacas habían conseguido que, como cortesía, la semisúcubo tuviera un cubículo aparte, no exento por ello de suciedad y malos olores.
Nada más levantarse, con las heridas ya sanadas, salió corriendo al jardín para no llegar tarde a sus clases y chocó de frente con alguien que iba cargado de artefactos de cristal. Se trataba de un anciano de mirada asustada, pero de vestimentas algo mejores que las que llevaban los esclavos.
Siguiendo su impulso, Terral comenzó a ayudarle a recoger el estropicio y sintió un escalofrío justo antes de que el proyectil de su maestro se estrellara entre ambos.
––¡Maldita semisúcubo estúpida! ¿Qué clase de ser maligno eres? ¡Deja a mi parásito hacer su trabajo y ven de una vez, a ver si conseguimos hacer de ti algo útil!
––Pero…
––¿Tú no aprendes? ––preguntó lanzando un nuevo proyectil mágico a sus pies ––. ¡Vamos!
Terral obedeció y siguió al nigromante, ante la atónita mirada del anciano. No volvió a ver al hombre hasta una semana después, momento en el cual, su maestro le mostró con indiferencia los mecanismos de la esclavitud mágica a la que le tenía sometido. Desde el momento en que, cogiéndole por sorpresa, había convertido al anciano ––un poderoso archimago–– en un vampiro energético y había atado la energía vital del mismo a la suya, el desgraciado, dependiente de la energía de su nuevo señor, se había visto obligado a obedecer todas sus órdenes y caprichos si no quería que su amo se negara a recargarle, haciéndole así morir lentamente y condenando su alma a no ser reclamada por dios o demonio alguno.
De este modo, había conseguido la inestimable ayuda de alguien mucho más poderosos que él teniendo sólo que pagar, de cuando en cuando, una gran parte de su energía vital, que no tardaba en recuperar arrebatando la vida a otros esclavos de menor importancia.
Ni el nigromante ni su esclavo pudieron dejar de percibir la mirada horrorizada de Terral, lo que le costó una dolorosa descarga por parte de su maestro y una sesión de entrenamiento mucho más duro de lo habitual.
***
Varias semanas de entrenamiento en la magia oscura sólo habían conseguido que Terral poseyera un montón de conocimientos inútiles que era incapaz de llevar a la práctica, aunque sí había logrado adquirir una cierta habilidad con la alquimia y podía manejar artefactos mágicos complejos sin demasiados problemas. Debido a esto, su maestro, frustrado, se había confinado en la parte más alta de la torre y había informado a su alumna de que sólo la atendería si llamaba a la puerta de su despacho. Teniendo en cuenta que era imposible que llegara a dicho despacho sin volar y que no había sido capaz de elevarse más que unos metros del suelo, Terral estaba en un auténtico apuro y pasaba horas en el centro de la planta baja, intentando con todas sus fuerzas alzar el vuelo. El anciano, cada cierto tiempo, pasaba a su lado y se elevaba con facilidad en el aire tras ejecutar unos cuantos pases mágicos, a pesar de que siempre iba cargado. No obstante, cuando Terral quiso imitarle no consiguió más que dislocarse un ala y torcerse un tobillo. El esclavo, que había observado con interés sus intentos, se echó a reir a carcajadas.
––Por los dioses, nunca había visto un demonio tan negado para la magia ––dijo secándose las lagrimillas que se le habían saltado por la risa.
––No soy un demonio, soy medio humana ––replicó Terral, sin saber muy bien por qué se había sentido tan ofendida con el calificativo de demonio cuando era, de hecho, un gran honor para todo aquel al que conocía.
El mago la miró con un gesto extraño en la cara y finalmente dijo:
––Acompáñame.
Sin saber muy bien por qué lo hacía, cuando resultaba evidente que hacer caso a un esclavo no traería nada bueno, le siguió hasta una solitaria parte de la torre donde había innumerables objetos de alquimia viejos. El anciano revolvió entre las probetas de una mesa hasta dar con enfrasco con un líquido rojizo con esferas de blanco reluciente flotando, y derramó la mitad del contenido en un frasco vacío.
––Mira, esto es una poción de levitación. La uso cuando me encuentro demasiado débil para subir ––dijo con una sonrisa. Cuando Terral extendió la mano para tocarlo, recibió un sopapo en el brazo y le miró con recelo ––. ¡No lo toques todavía, lo estropearás! Las esferas no hacen efecto si no las tratas antes. Hay que refinar la pócima y hacer una nueva para que funcione sobre ti, semisúcubo. Atenta, no vayas a perder detalle. Te cedo parte de las esferas, pero cuando se te vaya a acabar el líquido tendrás que prepararlo tú.
 Terral observó con fascinación cómo el viejo refinaba la pócima en los instrumento, hasta quedarse sólo unas blancas perlas luminiscentes. Nada más acabar ese proceso, le indicó que derramara su sangre sobre las mismas y comenzó a mostrarle los diferentes ingredientes que necesitaría para preparar la mezcla. Cuando acabó, salió un nuevo preparado de color negro con puntos brillantes.
––Vaya, parece que sí tienes algo de demoníaco después de todo. Esperemos que esa parte de ti siga bien enterrada… Ahora bébela a ver si funciona ––dijo tendiéndoselo. Terral, algo desconfiada, dio un sorbo al preparado y comenzó a elevarse por los aires sin poder controlarlo hasta chocar con el techo ––. ¡No te quedes ahí, baja!
––¡No sé!
––Sólo tienes que levitar hacia abajo, céntrate en el suelo.
Terral así lo hizo, pero en cuanto tocó el suelo y dejó de pensar en ello volvió a elevarse, para segundos después volver a caer porque los efectos de la poción habían desaparecido. Practicó un rato tras darle un nuevo sorbo, hasta que aprendió a mantenerse en el suelo mientras durara el hechizo.
––Bueno, creo que mientras no te olvides de prepararlo como te he dicho y finjas usar tus alas, podrá pasar ––dijo satisfecho.
––¿Por qué…
––¿Qué por qué te he ayudado? Porque me caes bien, a pesar de ser un demonio, y un poco de sabotaje a mi amo de vez en cuando me levanta los ánimos.
***
El nigromante, satisfecho porque la fin su alumna hubiera aprendido a volar, aunque aún parecía un tanto negada para realizar cualquier otro tipo de magia, continuó con su método de hacerla aprender mediante la frustración. Terral, incapaz de realizar las tareas que le imponía antes de encerrarse en su despacho, acababa por recurrir a la alquimia o a la ayuda del mago esclavo para desempeñarlas. A cambio, ella le ayudaba en sus desagradables tareas cuando tenía tiempo mientras hablaban de todo tipo de temas. De esta forma, se acabó desarrollando entre ambos una extraña amistad a espaldas del nigromante, a pesar de que éste percibía que no todo iba como debería.
Fue un día en que pensaba en nuevas formas de entrenar a su alumna cuando se dio cuenta de que nunca había realizado los hechizos que la permitían cumplir sus tareas delante de él, si bien estaba claro, por la huella mágica que quedaba después, que la prueba había sido realizada por ella. Ligeramente preocupado, llamó a su alumna y exigió que realizara todos los hechizos ante él, uno por uno. Sin haber preparado ninguna artimaña, Terral se limitó a mirarle con impotencia y a encogerse de hombros.
El nigromante, furioso, le exigió que dijera cómo había tejido los ardides, pero la semisúcubo, sabiendo que decirlo sería el fin del esclavo, permaneció callada a pesar de las torturas y los conjuros de dolor que lanzó sobre ella. Después de horas atormentando a su alumna, cansado, el maestro mandó llamar al anciano, que había pasado el día con experimentos alquímicos, para que continuara en su lugar hasta que confesara.
––No hace falta que continúes ––dijo el esclavo tranquilamente ––. Yo la ayudé.
Su amo no necesitó más para abandonar la tortura de la aturdida Terral y dirigir toda su atención en el anciano.
––¡Basta! ––gritó la semisúcubo cuando logró recuperarse lo suficiente. Su maestro no necesitó ni mirarla para lanzarla contra la ventana. Tras una fuerte caída, que destrozó sus huesos hasta casi impedir que se moviese, Terral comenzó a sentir cómo una furia sombría comenzaba a adueñarse de ella, evaporando todos los restos de su conciencia.
***
Despertó cuando la luna estaba en lo alto, en una habitación llena de sangre, para descubrir horrorizada que estaba rodeada de los restos descuartizados del nigromante. Incapaz de permanecer en la estancia, salió por la puerta y vomitó. Al levantar la vista, se encontró mirando a los ojos del debilitado anciano.
––¿Qué ha pasado?
––Parece que tu parte demoníaca ha despertado.
––¿Yo hice eso?
––¿Esperabas que lo hubiera hecho yo? Ya me contaste que tiempo atrás te había ocurrido lo mismo. Es curioso, parece que tu parte malvada sólo despierta en ti cuando alguien a quien aprecias es amenazado-
––¿Qué importa eso? Ellas no perdonarán que le haya matado. Estoy muerta.
––No perdonarán a menos que te comportes como un demonio y le eches la culpa a alguien. Tengo entendido que las sacerdotisas malignas son aficionadas a ese juego ––Terral le miró con sorpresa y negó con la cabeza ––. No seas testaruda, semisúcubo. De todos modos, sin el sustento de la energía de ese odioso nigromante no duraré mucho ––Terral siguió negando con la cabeza, incluso cuando el anciano puso en su mano una daga ––. Aun te quedan grandes cosas por hacer. Esperemos que no sean malignas ––se despidió, dirigiendo la mano armada de Terral hasta su pecho y apuñalándose.
***
Terral limpió sus lágrimas cuando escuchó llegar a las sacerdotisas, pero no se volvió y siguió contemplando la torre en llamas.
––¿Qué ha ocurrido? ––preguntó la voz autoritaria de su madre.
––Su parásito se rebeló contra él y le mató.
––¿Y el fuego?
––Algo debió prenderse mientras luchaban.
––¿Por qué no le defendiste?
––¿Para qué molestarme? Tampoco es que hubiera logrado enseñarme gran cosa.
Las sacerdotisas asintieron complacidas y partieron al templo junto a la semisúcubo.
––Bien ––dijo una de ellas ––. Puede que aun no sepa magia, pero al menos comienza a comportarse como un demonio.
Terral, que pasaba cerca, no pudo evitar estremecerse. Jamás, se prometió a sí misma.

---------------------------------------------------------------------------------
Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

martes, 9 de agosto de 2011

Terral. Orígenes, infancia. Maratón de escritura: día 2

Hoy casi hago 6 páginas, en vez de cinco. He comenzado la mañana haciendo un microrrelato de 10 líneas, que ya os colgaré más adelante. Luego, me he puesto con el capítulo 4 de mi novela romántica, que ha ocupado 4 páginas exactas. Como me faltaba todavía una página menos 10 líneas, hice otro microrrelato para un concurso literario (así que no lo puedo colgar) que ha ocupado 23 líneas. Y seguían faltándome unas cuantas líneas, así que hice el relato sobre Terral, esta vez sobre su infancia, y este es el que os voy a colgar hoy:

Terral: orígenes: infancia

Me llamo Terral y soy una semisúcubo. Todos dicen que yo voy a ser una pieza clave en la lucha contra el bien, pero el resto de los niños dice que yo soy una inútil. Ellos, que son animados por los adultos a pegar y maltratar a los más débiles, no paran de meterse conmigo y atacarme, pero nunca me han hecho daño, porque no son más que simples humanos y yo soy algo más.
Yo también pienso que no soy lo bastante maligna para el gusto de nadie. No puedo evitar sentirme mal cuando veo el dolor ajeno, cuando debería sentir placer, o al menos eso es lo que me dicen. Más de una vez me he llevado unos cuantos latigazos por negarme a torturar a un prisionero, o por no defenderme como es debido. Esos latigazos sí que hacen daño, porque los látigos están encantados y me queman la piel. Por suerte, las sacerdotisas no me dan en la espalda a menudo, por miedo a dañar mis alas, ya que tienen la esperanza de que llegue a volar algún día. Yo ya lo he intentado, pero no soy capaz de volar, quizás porque las súcubos de verdad utilizan su magia diabólica para hacerlo.
Mi único amigo es Doon, el leopardo que me regalaron a los cuatro años. No entiendo para qué nos dan mascotas, porque aprender a cuidarlos no ayuda a estimular nuestra alma maligna. Estoy muy orgullosa de Doon, es el más fuerte, el más grande y el más bonito, quizás porque yo no le pego y le alimento bien. Me gusta dormirme abrazada a él, es suave y calentito y me hace cosquillas con su bigote cuando quiere comer.
Hoy, todos los leopardos y sus dueños estamos al pie de las escaleras del templo, esperando a la Gran Sacerdotisa. Odio a la Gran Sacerdotisa, me tiene manía y a veces me pega con su látigo aunque no haya hecho nada bueno. Seguro que deja de odiarme cuando vea lo grande y fuerte que está Doon.
Acaba de aparecer en lo alto de las escaleras, me da miedo cuando se viste con las ropas ceremoniales, porque huelen a sangre y noto un revoltijo en el estómago. Se dirige a nosotros y no comprendo lo que está diciendo. ¿Quiere que los matemos? No pienso matar a Doon, es mío y le quiero. Sé que no debería quererlo, pero no voy a hacerle daño. Los demás se han apresurado a sacar sus dagas y abrir en canal a sus leopardos, mientras que yo me he puesto delante del mío, intentando protegerle de ella. Saca el látigo, pero no me muevo y ella me mira con odio. Empieza a pegarme hasta que retuerzo de dolor en el suelo, incapaz casi de pensar. Entonces, se acerca lentamente a Doon, que no puede moverse del miedo, y levanta el látigo. Intento moverme, pero estoy demasiado débil y empieza a ensañarse con Doon. Noto la furia en mi interior crecer hasta que me inunda por completo y dejo de ser yo.
Despierto y veo a mi madre, que es la sacerdotisa honorífica, delante de mí.
––Ya era hora de que despertaras tu parte maligna, criatura ––me dice. No entiendo de qué está hablando hasta que señala el cadáver de la Gran Sacerdotisa, o lo que queda de él, porque hay trozos desperdigados por todas partes. ¿He hecho yo eso? Mi madre se ríe cruelmente y se marcha. Aterrada, me acerco a Doon, que apenas es capaz de respirar. Sé que no sobrevivirá, a pesar de haber matado a la Gran Sacerdotisa no he sido lo bastante rápida. Saco mi daga y acabo con su sufrimiento. Al final, he hecho lo que ella quería.

¿Queréis leer más sobre Terral?
Terral: orígenes: infancia

---------------------------------------------------------------------------------
Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

domingo, 22 de mayo de 2011

Terral: orígenes (concepción)

¿Os acordáis de Terral, la semisúcubo? Pues bien, tal y como prometí, seguiré su historia. La idea es hacer una serie de relatos cortos que, al unirlos, se puedan convertir en un libro con toda la historia de Terral. Este es el primero, sobre cómo fue concebida. Está todo ubicado en el mundo que creé para un juego de rol al que al final no llegamos a jugar (¡menudo desperdicio!), que a su vez estaba basado en el mundo de mi novela, Diltania: el legado de Aliene, que tengo intención de acabar de revisar este verano. ¡Que lo disfrutéis!

Terral: orígenes (concepción)
El Gran Sacerdote convocó a las ocho sacerdotisas a la gran sala del oráculo. Allí, les explicó el gran honor por el que competirían. Una-sólo una- sería la elegida para llevar en su vientre uno de los vástagos del que era su Dios, el demonio Zoltod. Varias sacerdotisas, a pesar de su entrenamiento, no pudieron ocultar la emoción. Sólo tres de ellas permanecieron con el rostro impasible: Tel´ques, Dae-shi y Sp´jo. Las tres se miraron entre sí, evaluándose mutuamente y descartando de inmediato a las otras cinco, que eran sin duda las más débiles. No hizo falta que hablaran para que quedara implícito un pacto entre el trío, que colaboraría hasta estar muertas las demás.
La prueba se llevaría a cabo en otro plano, en el que se presentarían varios desafíos. Una vez allí, cada sacerdotisa iría por libre hasta llegar a la meta, donde las supervivientes deberían luchar hasta que sólo quedara una en pie. Evidentemente, no quedaban descartadas las luchas antes de ese momento.
Tel´ques, Dae-shi y Sp´jo vieron a cuatro de sus adversarias marchar en solitario, mientras que la quinta, la más débil y patética de todas, llamada Dan´ai, se acercó a ellas y les propuso colaborar.
Deberíamos matarla ahora mismo, dijo telepáticamente Sp´jo a las otras dos.
Déjala, respondió Tel´ques. Quizás nos pueda ser útil viva, muerta no la podemos usar.
Comenzaron a caminar por el agreste terreno y, tras varias horas de viaje por un lugar que no parecía tener fin, se vieron de pronto, en lo que dura un parpadeo, inmersas en una especie de jungla.
-Tened cuidado, hermanas. Ésta no es una jungla corriente.
- No creo que esta jungla sea realmente peligrosa. No habrá problemas hasta que llegue el primer desafío –respondió Dan´ai, despreocupada. Las otras la miraron incrédulas por su estupidez. La jungla era el primer desafío.
No tuvieron que dar muchos pasos antes de ver cómo los últimos restos de una de sus rivales eran engullidos por una planta. El grito ahogado de Dan´ai retumbó entre los árboles y las otras tres la miraron con aire reprobador, pero el daño estaba hecho. Seres de aspecto demoníaco atacaron desde todos los frentes pero, aunque habían podido con una sacerdotisa desprevenida, no tenían ninguna oportunidad para acabar con cuatro. En cuestión de minutos, los atacantes eran también alimento de las plantas de alrededor.
Dan´ai salió entonces de donde quiera que hubiera estado escondida, recogiendo sus armas caídas con rostro avergonzado ante la despectiva mirada de las otras tres sacerdotisas, tras lo cual continuaron su marcha por la jungla sin más incidentes, hasta que nuevamente se vieron en un parpadeo inmersas en un nuevo paisaje.
Se trataba esta vez de los vestigios de una antigua ciudad. Aunque de los edificios apenas quedaban cimientos ruinosos, estaba claro que las estructuras que allí se habían levantado no tenían nada en común con ninguna que hubieran visto… o que fuera siquiera de su mundo.
Como estaba oscureciendo, buscaron refugio en lo que en otro tiempo fue un gran hall, del que aun quedaban tres paredes en pie. Aunque era buen terreno defensivo, los cadáveres de otras dos sacerdotisas a sólo unos metros y la desconfianza mutua (que hacía que las mujeres estuvieran casi más preocupadas de la amenaza que suponían sus compañeras que de los peligros de ese mundo) hicieron que las guardias se repartieran de dos en dos y que cada una se rodeara de guardas mágicas propias.
Sp´jo se encargó de que su guardia coincidiera con Dan´ai, con la que, en su desprecio, deseaba acabar de inmediato. La débil sacerdotisa no tardó en dormirse en plena guardia…
***
El grito desgarrado de Dan´ai resonó en las tres paredes del hall, despertando a Tel´ques y Dae-shi, que lo primero que vieron al abrir los ojos fue la cabeza de Sp´jo… a varios metros de su cuerpo, con una mueca de horror en su normalmente impasible rostro.
-¿Qué ha sido? –preguntaron casi al unísono.
- Algo me durmió… acabo de despertar –respondió Dan´ai. Las sacerdotisas imaginaron de inmediato lo ocurrido. Sp´jo había dormido a Dan´ai para asesinarla mientras dormía, pero se había centrado tanto en esa tarea que alguna bestia nocturna había percibido su movimiento y la había matado. Haciendo una nueva muestra de desprecio, esta vez hacia el cadáver, al que dejaron tal cual, continuaron el peligroso viaje hasta que la meta estuvo a la vista.
Una vez allí, Dae-shi y Tel´ques se miraron mutuamente e iniciaron una lucha muerte que duró varias horas, mientras Dan´ai se acurrucó en un rincón para observar la lucha de poderes. Finalmente, Tel´ques abrió en canal a su adversaria y, tras exhalar ésta su último aliento, se giró para acabar el trabajo, sólo para descubrir que Dan´ai había desaparecido.
- Ha huido –dijo despectivamente -¡Estúpida y débil idiota! ¡No dudarás much- La espada le atravesó el corazón antes de acabar la frase.
- Quizás yo sea débil –escuchó antes de morir –pero tu defecto es ser confiada.
Dan´ai ni siquiera echó un último vistazo a los cadáveres de sus oponentes. La única digna de ser su adversaria había sido Sp´jo, que sospechó de inmediato de su aparente ineptitud, pero confió demasiado en su propia fortaleza a la hora de atravesar sus defensas con el hechizo de sueño sin pensar en que pudiera haber un contraataque por la espalda. Eliminada esa amenaza, sólo había que esperar a que las otras dos se mataran entre ellas o al menos se debilitaran. Porque el mayor error  que pudieron cometer fue no caer en la cuenta de que la debilidad no estaba permitida y que nunca se habría seleccionado para la prueba una sacerdotisa inepta… porque los ineptos no tardaban en morir nada más entrar al templo como aprendices.
Se acercó al altar ritual donde esperaba el poderoso demonio listo para concebir una poderosa criatura decisiva para la batalla entre el bien y el mal. Nueve meses después, Dan´ai miró al diminuto bebé de forma humana al que sobresalían dos alas en la espalda, y antes de caer inconsciente tras el esfuerzo del parto ritual, susurró un nombre:
-Terral.



---------------------------------------------------------------------------------
Todas las historias y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.