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Todos los relatos cortos y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

martes, 26 de mayo de 2020

Avaricia, un relato de fantasía

Hoy tocaba hacer un relato con el reto "Cuenta una historia marítima o que involucre un faro".

 Avaricia

La gente de la comarca estaba desesperada. Los peces habían desaparecido desde que abrieron las minas y los deshechos de estas empezaron a tirarlos al río, por lo que no pescaban ni siquiera lo suficiente para comer. Las minas pertenecían al Rey, que no estaba dispuesto a renunciar a los beneficios que le daban, así que sus súplicas fueron ignoradas por los funcionarios.
Al final, la desesperación les llevó a trazar un plan inimaginable. Sabían que los barcos repletos de oro de las colonias pasaban cerca de sus costas, así que, una noche sin luna, la mayoría se fueron al cuartel de los soldados para quemarlo con ellos dentro, unos pocos fueron a las casas de los funcionarios para asesinarlos en sus camas y el resto fue al faro para deshacerse del farero y apagar todas las luces.
Cuando el barco cargado de oro se acercó demasiado a la costa y naufragó, todos se reunieron en la costa y acabaron con los náufragos que lograban alcanzar la orilla. Luego, por la mañana, los mejores buceadores se encargaron de reunir el tesoro y se lo repartieron. No quedaba ningún siervo del emperador para detenerlos, pero no se lo tomaron con calma, porque en el siguiente puerto no tardarían en echar en falta el barco y mandarían gente a buscarlo. Así pues, cada uno cogió su parte y, tomando distintos caminos, abandonaron el lugar con una buena suma para empezar de nuevo en otro lugar, lejos del reino. 
Un par de días después, cuando fueron en busca del barco perdido, los siervos del Rey solo encontraron varios pueblos fantasma, un naufragio saqueado y muchos de los suyos muertos. Para cuando entendieron lo que había pasado, todos los implicados habían llegado a las fronteras, donde ya no podían alcanzarles. Al Rey, sin embargo, no le preocupó eso demasiado. El oro que habían robado, sin duda, era una minucia comparado con lo que ganaría ahora que se habían ido. Y es que, justo bajo el pueblo, estaban los minerales más valiosos que quería extraer de la tierra. No había podido echarles por esa estúpida ley que le impedía quitar a la gente sus propiedades, por eso había contaminado sus aguas, para que renunciaran a vivir allí. Ahora que se habían ido voluntariamente, tenía vía libre para enriquecerse a costa de destruir ese pedazo de tierra.    

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martes, 19 de mayo de 2020

El elefante y el hada, un cuento

Otra vez lancé los dados y esto es lo que salió...

 El elefante y el hada

dados que tiré para hacer el cuento El elefante y el hada
Había una vez un circo donde el espectáculo estrella era un enorme elefante. Cada vez que llegaban a una nueva ciudad, redoblaban los tambores y la gente hacía largas colas para verle. El elefante se sentía muy orgulloso de ser tan importante, por eso, cuando capturaron al hada, se sintió tan desgraciado. ¿Cómo era posible que una criatura tan pequeña llamara más la atención que él? 
El elefante decidió que iba a hablar con el hada para convencerla de que se fuera a otro circo pero, cuando fue a verla, se la encontró llorando, incapaz de salir de su jaula de oro para escaparse. El paquidermo, al darse cuenta de que los deseos del hada coincidían con los suyos, abrió la jaula con facilidad y le dijo que se fuera de allí lo antes posible. Pero ella sabía que el elefante quería ser famoso en el circo solo porque era lo mejor que conocía, e intentó convencerle de que la acompañara.
-Lo peor que puede pasar es que no te guste el bosque, en cuyo caso será tan fácil como dejar de esconderte y volver al circo. Además, si desapareces un tiempo y luego vuelves, valorarán más tu espectáculo -le persuadió. El elefante dudó, pero al final hizo caso al hada y, en cuanto pisó el bosque y tuvo la libertad, nunca quiso volver a perderla.
La gente del circo, por más que les buscó, nunca consiguió encontrarles, ya que su buena amiga, el hada, a la que no volverían a pillar desprevenida, usaba su magia para ocultarles. A la larga, acabaron por dejar la búsqueda y el elefante del bosque dejó de ser noticia. Todos daban por hecho que el animal había sido robado, pero los más sabios decían que se había convertido en el defensor de la gente feérica y que, cuando las hadas hacían sus fiestas, hacía sonar su trompa para compartir con todos su felicidad. No obstante, como nunca nadie volvió a verle, se convirtió en una leyenda local, en este cuento de niños que estoy contando. Pero a veces, si paseas por el bosque y prestas atención, verás sus huellas y le oirás conversar a lo lejos con su amiga el hada.  

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martes, 12 de mayo de 2020

No hay lugar para los dragones, un cuento de fantasía.

Este relato corto mezcla dos retos: el de las portadas que hice hace años y uno que debe contener hadas, el sol y una poción.

 No hay lugar para los dragones

portada del relato corto de fantasía No hay lugar para dragones
Cuando curó al mago de sus graves heridas durante todo el invierno, Dalila recibió como agradecimiento una poción que debía usar cuando no supiera qué hacer y un huevo de dragón. Nadie pensó que fuera a eclosionar, pero lo hizo y salió de él una criatura adorable. A todo el mundo le hacía gracia el pequeño monstruo hasta que comenzó a ser demasiado grande y aprendió a volar y a escupir fuego. Desde entonces, el miedo comenzó a hacer mella en la gente del pueblo y un pequeño grupo, en representación de todos, no tardó en reunirse con Dalila y decirle:
-En este pueblo no hay lugar para los dragones. Échalo de aquí antes de que destroce algo.
Por más que intentó hacerles entender que el dragón no haría daño a una mosca, al final tuvo que marcharse; obligarle a irse sin ella no era una opción.
Tras visitar varios pueblos y no ser bienvenidos en ninguno, viajaron sin rumbo hasta que el sol abrasador del mediodía les hizo detenerse a descansar en un templete, donde ella le dijo a su amigo:
-¿Qué vamos a hacer? Ningún pueblo humano nos recibirá, solo las hadas aceptan dragones en sus tierras. Pero ellas lo que no aceptan es a seres humanos. -La criatura soltó un anillo de humo que recordaba a un botecito, lo que le hizo recordar la poción que le había dado el mago-. ¡Tienes razón! Si ahora no es el momento de tomarla, no sé cuándo será. -Dalila se la bebió de un trago, pero no se le ocurrió ninguna idea brillante y suspiró, decepcionada-. Qué desastre. Me temo que la poción ha perdido su efecto con los años... En fin, te acompañaré hasta el reino de las hadas y, cuando me detengan en la frontera, tendremos que separar nuestros caminos.
Pero la poción no estaba inservible, sino que había comenzado a producir un pequeño cambio en su interior, algo tan sutil que ella no se dio cuenta hasta que, al llegar a la frontera del reino de las hadas, estas la reconocieron como un ser tan mágico como el dragón sobre el que montaba y la dejaron pasar. 
Y así, ambos pudieron seguir juntos y vivir felices el resto de sus días rodeados de dragones y magia. 

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martes, 5 de mayo de 2020

El combate, un relato ilustrado

Relato corto El combate
Alexis retó al matón a un combate en cuanto se apuntó a las clases de karate. En su imaginación, ya se veía dando patadas en pleno salto y haciendo artes marciales como una profesional, como en las películas. No obstante, tras dar un par de clases, comenzó a entrarle el pánico. Todo era muy medido, muy complicado y muy lento. Además, el sensei no paraba de insistir en que debían evitar pelear fuera del dojo en la medida de lo posible.
Conforme se acercaba el día del combate, Alexis se sintió más y más nerviosa, hasta que dejó de soñar con dar patadas en el aire y comenzó a pensar en cómo diablos iba a evitar que le dieran una paliza. Pero ni siquiera eso consiguió cuando llegó el momento: desde que empezaron el combate, por cada golpe que paraba gracias al karate, recibía tres o cuatro. 
Sin embargo, meses después, cuando echaba la vista atrás, no se arrepentía de haber sido vergonzosamente derrotada en el combate. El matón le había dado tal paliza que, cuando los adultos llegaron e intervinieron, se le cayó el pelo. No tenía ni idea de qué clase de castigos le habían impuesto, pero desde entonces había dejado de acosar a todo el mundo y se respiraba mejor en el instituto. 
Aun así, no dejó el karate. No es que pensara en pedirle la revancha, pero pensaba que, si seguía mejorando y el matón decidía que quería un nuevo combate, a lo mejor podía llegar a parar todos los golpes. O, quién sabía, hasta dar alguna patada en el aire. 

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