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Todos los relatos cortos y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

martes, 20 de abril de 2021

Relato romántico: El disfraz ¿in?correcto

Hoy tocaba hacer un relato en el que los personajes estén todo el rato disfrazados. Y ahí va:

El disfraz ¿in?correcto

-Definitivamente, soy tonta -dijo Alana para sí al entrar en la fiesta. Había estado tan preocupada por buscar un disfraz original y calentito que no había pensado en lo más importante: estar despampanante para que Julio, el chico al que no se podía quitar de la cabeza, se fijara en ella. Ahora era demasiado tarde y su vestido de Reina de Corazones llamaba la atención precisamente por ser el único que no dejaba chicha al descubierto. El traje era precioso, pero la mirada de los chicos solo se detenía en ella superficialmente para luego pasar a recrearse en la visión de alguna bruja, o diablesa, o gatita, o vampiresa cuyo disfraz no dejaba nada a la imaginación. Cuando se cruzó con Julio, pasó más de lo mismo.
Decepcionada, había decidido marcharse cuando sintió un ligero toque en el hombro y se encontró cara a cara con el Sombrerero Loco. 
-Ese disfraz es alucinante -dijo el chico. No sabía como se llamaba; no iba a su clase y sus grupos no solían coincidir en el patio, aunque era muy mono cuando no iba disfrazado.
-Gracias. El tuyo también -respondió Alana con una sonrisa tímida.
-Casi parece que vayamos a juego. ¿Te apetece ser mi pareja el resto de la fiesta? -se armó de valor él, y luego pareció sonrojarse bajo todo ese maquillaje-. Pero perdona, ni siquiera me he presentado. Soy Juanje.
-Alana -respondió ella, sintiéndose muy cómoda-. Y, ahora que nos conocemos, y ya que vamos conjuntados, sí, me gustaría acompañarte el resto de la fiesta.
Estuvieron juntos hasta que acabó la velada y, cuando se despidieron, ya era Juanje, y no Julio, a quien no se podía quitar de la cabeza. Con una diferencia: al contrario que Julio, que ni siquiera se había fijado en su originalidad, Julio había sabido apreciarla en todo lo que valía. Y además Juanje, a partir de esa noche, tampoco pudo quitarse a Alana de la cabeza.  

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martes, 13 de abril de 2021

Relato de fantasía: El Señor del Laberinto

Nuevo lanzamiento de dados para hacer un relato corto con lo que salga:

El Señor del Laberinto

Dados con los que hice el relato corto de fantasía El señor del laberinto
Ganai siempre soñaba lo mismo: que entraba en un laberinto y se perdía para siempre. Por eso tenía tanto pavor a esas estructuras. Pero le tenía más miedo al Caballero Azul, que había prometido hacerle picadillo por una afrenta imaginaria... y le tocaba luchar con él en el torneo.
Así pues, en vez de dirigirse a su tienda, donde le esperaba su escudero para prepararle para el combate, les dijo a los soldados que patrullaban cerca del laberinto de setos que iba a meditar y se metió en él antes de que estos pudieran protestar. Se quedaría cerca de la entrada para poder salir pasado un tiempo prudencial y excusarse diciendo que se había perdido. Así, quedaría como un tonto, no como un cobarde.
Sin embargo, cuando consideró que ya habrían decidido dar a su adversario la victoria por incomparecencia del adversario e intentó volver sobre sus pasos, se dio cuenta de que realmente se había perdido. Entró en pánico. Era como en su pesadilla y, como en ella, echó a correr en busca de una salida, alejándose cada vez más de ella.
Ya caía la noche cuando, agotado y desanimado, se dejó caer en un desvío cualquiera, convencido de que moriría en ese horrible lugar antes de que alguien le encontrara. Fue entonces cuando apareció el gato, que se subió a su regazo en busca de mimos. Ganai se los dio, agradeciendo la compañía y, cuando el felino se hartó y decidió largarse, poco deseoso de quedarse solo, le siguió. Lo perdió de vista solo un momento, pero fue suficiente para que el animal desapareciera de su vista y no lograra encontrarlo. Ganai, más preocupado por encontrar al gato que por sí mismo, siguió buscando hasta que encontró la salida del laberinto, donde el mismo par de soldados le recibieron.
-Supongo que me he perdido el torneo -dijo Ganai, fingiendo tristeza y cierta vergüenza.
-Para nada, sir. Vuestro adversario, cuando se enteró de que entrasteis en el laberinto y que no salíais, se internó también en vuestra busca, convencido de que estaríais cerca de la entrada y que solo buscabais escaquearos. Aún no ha regresado -respondió el otro soldado. 
Ganai se puso blanco al enterarse de que todo había sido en vano, pero ellos se dieron cuenta de que el Caballero Azul no andaba desencaminado cuando decía que quería escaquearse y cruzaron una mirada divertida.
-No os preocupéis, sir. Ese hombre no es trigo limpio y es casi seguro que no tratará correctamente al Señor del Laberinto. Más bien le veo capaz de darle una patada cuando se acerque maullando, así que no creo que vuelva para enfrentarse a vos. Id a vuestra tienda y descansad, si mañana no ha salido, el torneo continuará sin él.
Ganai así lo hizo y continuó con su participación en el torneo hasta que le eliminaron, pero eso no acabó con su preocupación: si el Caballero Azul sobrevivía, le culparía a él y, como la afrenta imaginaria se había convertido en una real, nada le detendría hasta que le matara. No fue hasta dos días después, cuando el laberinto expulsó el cadáver del caballero, que  Ganai pudo respirar tranquilo.

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martes, 6 de abril de 2021

Microcuento: El hogar secreto del monstruo

Tocaba hacer un relato en el que apareciera un monstruo en el lugar más inesperado. 

El hogar secreto del monstruo

Pablito sabía que había un monstruo en la casa y quería echarle pero, por más que buscó en todos los armarios y debajo de las camas, no logró encontrarlo. 
El monstruo estaba contento porque sabía que su escondite nunca sería descubierto: la vieja caja de costura de la abuela no se utilizaba desde hacía años y allí, entre agujas y retales, vivía de lo más entretenido, saliendo solo lo justo para alimentarse de los sustos que daba a los pequeños de la casa.
Por desgracia para él, Pablito, harto de llevar disfraces comprados al colegio cuando sus compañeros llevaban otros hechos en casa, decidió aprender a coser cuando sus padres le dijeron que no tenían tiempo para hacer esas cosas. En cuanto abrió la caja, el monstruo se expandió y le dio un buen susto, pero luego el niño se repuso: a la luz del día no daba tanto miedo y por fin podía echarle de la casa. 
Al monstruo no le quedó más remedio que marcharse y colarse en la siguiente casa con niños que encontró. De forma provisional, eligió el armario como escondite pero, cuando tuviera oportunidad, buscaría otro recoveco que nadie usara nunca para esconderse: un monstruo nunca sabía cuándo un niño encontraría valor para buscarle e intentar expulsarle de su casa, como había hecho Pablito.

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martes, 23 de marzo de 2021

Relato: Lucha desigual

Portada del relato corto de fantasía Lucha desigual
Harto de que tantos jóvenes quisieran ser su aprendiz, Locquard puso como requisito para lograrlo que fueran capaces de vencer en una lucha desigual. No daba más detalles, pero todos sabían que, hasta el momento, nadie había logrado superar la prueba y convertirse en su pupilo. Aun así, no había semana en la que no se presentaran al menos tres o cuatro estúpidos en su puerta, creyéndose lo bastante especiales como para sobrevivir donde tantos otros habían fracasado.
Cuando les ponía delante de la pantera, sin armas ni lugar a donde huir, ya no eran tan gallitos. De hecho, la mayoría intentaba correr más rápido que el felino o se lanzaba como un suicida contra sus garras en un intento de tomarlo por sorpresa.
Luego llegó ese chico pelirrojo, tan enclenque que parecía que se iba a quebrar en cualquier momento. Se notaba que no se había presentado a la prueba porque tuviera esperanzas de sobrevivir a ella, sino porque su familia le había obligado: era una buena forma de quitarse de encima a los herederos inútiles. 
Esos jóvenes le daban pena, pero las reglas eran las reglas y le encerró en el jardín donde aguardaba la pantera. Pero el chico estaba tan resignado a morir que, cuando vio al animal, no huyó ni se lanzó contra ella, sino que aguardó a su muerte con calma, mirándola a los ojos.
Esto despertó la curiosidad del felino, que se acercó con elegancia y olisqueó a ese extraño humano, que hizo algo inesperado: alzar la mano y acariciarle la zona de detrás de la oreja, como si fuera un gato común. Y, como un gato común, a la pantera le gustó y olvidó todo deseo de convertirle en su cena.
Locquard no pudo sino sentirse sorprendido, pero luego asintió con la cabeza. Era un digno aprendiz, que sabía cuándo no tenía sentido huir o luchar y que, a pesar del miedo, era capaz de apreciar la belleza del peligro. Así pues, abrió la verja del jardín y le dijo dónde podía dejar sus cosas, tras lo cual colgó un pergamino en la puerta indicando que no aceptaba más candidatos porque ya tenía un aprendiz válido.

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