PINCHA PARA SABER DE QUÉ VAN. Para más información visita la Web oficial de Déborah.
Todos los relatos cortos y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia
Mostrando entradas con la etiqueta relatos históricos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos históricos. Mostrar todas las entradas

martes, 6 de diciembre de 2022

Relato: La primera batalla

Este relato lo hice para un concurso de la Fundación Biblioteca de Ciencia y Artillería. De espadas sé mucho, pero de artillería poco y menos, así que era de esperar el resultado. Pero aun así me parece que el relato quedó muy chulo.

La primera batalla

Todo está preparado, pronto empezará el combate. Esperan las órdenes en cualquier momento. Confía en que todo irá bien; sus mandos son grandes estrategas, y su armamento es muy superior al de sus enemigos. Pero ellos son conocidos por su crueldad y, en el fondo, tiene miedo de que algo salga mal y lleguen hasta ellos.

Santa Bárbara, virgen bendita, con tu espada vencedora protégeme de mis enemigos.

Aún recordaba el día en que se presentó en Segovia siendo un joven imberbe, con su certificado de nobleza y la cabeza llena de sueños de gloria. Entrar en la Academia fue todo un honor y sus primeros pasos en el Alcázar anticipaban un futuro brillante.
Su formación había sido dura, pero es bueno con los números y ha sido siempre de los mejores cuando realizaban las pruebas; apenas tenía fallos y dar en el blanco no tenía secretos para él.
No obstante, ahora que su primer combate es inminente, se pregunta si está preparado. No sería el primero que empieza a tener fallos bajo presión, y no duda que, en cuanto todo empiece, el caos de la batalla le afectará.
Lo tiene todo listo para la primera andanada, pero tiene que acertar en todas. No puede permitirse no hacerlo. Cada fallo podría costar la vida a alguno de los suyos. Cada fallo es una oportunidad del enemigo para sobreponerse y contraatacar.

Santa Bárbara, virgen bendita, con el poder del rayo, glorifica la boca de fuego de mi cañón y permite que salga victorioso.

Mira a los demás oficiales artilleros. Parecen relajados, decididos y tranquilos. Algunos de ellos incluso se permiten el lujo de bromear en un intento de descargar un poco de tensión. Pero sabe que las apariencias no tienen por qué significar nada. Él mismo, en apariencia, está tranquilo, aunque por dentro está hecho un manojo de nervios. Inspira y expira con lentitud, en un intento de relajarse.

Santa Bárbara, virgen bendita, con el cáliz y el vino mantén la fuerza de mi cuerpo y espíritu para la dura lucha y el combate.

Se empieza a ver movimiento entre las filas enemigas. ¿Se atreverán a atacar los primeros o esperarán? O quizás...
No tiene tiempo de pensar en nada más porque dan, por fin, la orden de atacar. De pronto, los nervios, el miedo y la tensión pasan a un segundo plano y los largos años de instrucción toman el control de su cuerpo.
Apuntar y hacer blanco.
La medallita de la virgen contra su pecho le da coraje en medio de la confusión.
Apuntar y hacer blanco.
No va a fallar porque no puede fallar, sus compañeros tampoco fallarán.
Apuntar y hacer blanco.
Apuntar y hacer blanco.

Santa Bárbara, virgen bendita, no me abandones nunca para que pueda defender mi fe y mi tierra.

 
*:–☆–:*:–☆–:*:–☆–:*:–☆–:*:–☆–:*:–☆–:*
¿No quieres perderte más entradas como esta?
Entra en deborahfmunoz.com para leer más relatos, viajes y contenido cultural
Todos los relatos cortos y personajes de este blog son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia

martes, 15 de septiembre de 2020

Relato histórico: Una huella pequeña pero imborrable

Hoy el reto era este: Infórmate bien sobre un suceso revolucionario feminista y basa tu relato en ello. No quería caer en los tópicos de sufragistas y de mujeres que lucharon por los derechos femeninos, aunque son dignas de elogio, así que he buceado un poco más. Y he encontrado muchas mujeres que fueron importante en diversas revoluciones, que demostraron que sin nosotras no se habrían podido conseguir muchas cosas... y que tristemente cayeron en el olvido. La Compañía de Santa Bárbara fue uno de esos grupos.

Una huella pequeña pero imborrable

La guerra había acabado, por fin habían aplastado a los franceses. Y ellas miraban al futuro con optimismo. Habían demostrado su valor en incontables ocasiones, y no solo manteniendo el suministro bajo el fuego enemigo, auxiliando a los heridos o evacuando el hospital. Habían peleado como hombres, incluso tenían su propia estructura militar y, si no hubiera sido por ellas, la ciudad de Girona habría caído.
El día en que algunas integrantes de la Compañía recibieron premios en homenaje a su honor y al valor mostrado, muchas lloraron de emoción, al igual que cuando anunciaron que harían un monumento en su honor en la Iglesia de San Félix. Pero el monumento nunca llegaba y el rey tenía otros planes para el país. Unos planes en los que no tenía cabida ninguno de los avances que había traído la revolución: había que volver a la normalidad, y en la normalidad el lugar de las mujeres estaba en casa.
Ellas no tuvieron más remedio que aceptarlo, como tuvieron que aceptarlo los que habían apoyado la Constitución, que ya era poco más que papel mojado. Las cosas se ponían feas, así que pensaron en sus familias, guardaron sus cintas rojas y convirtieron los recuerdos de su pasado luchador en historias para contar a sus hijos y a sus nietos. 
Cuando la última de ellas dio su último suspiro, se fue con el pensamiento de que su lucha había sido en vano. Todo se había olvidado. Ni siquiera se había hecho todavía ese monumento en su honor que tanto habían esperado.
Pero sus nietas sí que verían cómo su valor dejó una pequeña huella que no pudo ser borrada del todo; la huella del uno de los primeros de muchos pequeños pasos que aún hoy se siguen dando en busca de la igualdad.

https://deborahfmunoz.com/mis-obras/ 

martes, 5 de noviembre de 2019

Viento de gloria, relato

Otro relato hecho a partir de las portadas que prediseñé. Esta vez no me he ido muy lejos de lo que sugiere, pero ha quedado bastante aceptable, ¿no creéis?

Viento de gloria

portada del relato Viento de gloria
Soplaba un viento de gloria y todos bruñían sus armaduras y afilaban sus armas con alegría convencidos de que, al acabar la batalla, serían leyenda. Lo que no sabían era que a las altas esferas su líder les resultaba de lo más molesto. Incluso le consideraban una amenaza, porque cada vez acumulaba más adeptos. Así que habían decidido quitárselo de en medio de una forma elegante: haciendo que muriera en la batalla como un héroe. Para ello, nada más sencillo que ponerle a él y a sus soldados en la posición más vulnerable, donde harían de carne de cañón.
A pesar de haber sabido por sus espías cuál era el plan de sus aliados, el líder estaba de lo más tranquilo. Soplaba un viento de gloria. Y tenía un plan, que ya había puesto en marcha unas horas antes, al desvelar la estrategia que seguiría el ejército a sus enemigos. Una información a la que reaccionarían como él esperaba, dejando de prestar atención a sus soldados y yendo directos a por la verdadera amenaza. Entonces, él y sus hombres dejarían sus posiciones defensivas y atacarían por la retaguardia, lo que sería decisivo para la victoria. Y, cuando esta llegara gracias a él, ni todos sus aliados juntos lograrían parar su ascenso al poder. Un poder que, en cuanto lo ostentara, usaría para acabar con todos ellos.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Relato histórico: El barco fantasma

Este es el proyecto de Adictos a la escritura del mes de diciembre (casi no me ha dado ni tiempo a escribirlo, con todo el montaje de mi asesoría de marketing literario y servicios editoriales). Se trataba esta vez de documentarse y ambientar un relato en un periodo histórico en particular. No sé por qué, se me antojó hacerlo sobre la peste y me puse a inverstigar sobre ese tema. Vi algunos artículos médicos de síntomas, estudios y la historia de su propagación. Entonces encontré referencias a cómo había llegado a Noruega: a través de un barco fantasma que embarrancó cerca de Bergen. Me llamó tanto la atención que dediqué horas a buscar información sobre el dichoso barco, pero solo pude descubrir que venía de King's Lynn, que llevaba un cargamento de lana y que era verano. Otras fuentes dicen que en el barco quedaba alguna persona viva, aunque me he quedado con la del barco fantasma porque tiene más encanto. Lo que está claro es que se descargó el cargamento y que a raíz de ahí se propagó la enfermedad.
Por supuesto, me he tenido que inventar los nombres, pero los hechos son comunes a lo que pasaba en muchas ciudades a las que llegaba la enfermedad. Y, sin más dilación, el relato.

El barco fantasma

Era mediados de julio de 1349 cuando la tranquilidad de la ciudad de Bergen quedó perturbada: un barco había embarrancado cerca de la localidad, pero nadie había salido de él, ni se percibía movimiento en cubierta. La zona pronto se llenó de curiosos, pero nadie parecía atreverse a dar el paso de subir a bordo.
-¿No es ese el barco que debía llegar de King's Lynn con tu cargamento de lana? -preguntó uno de los mercaderes más eminentes de la ciudad a su más feroz competidor, el señor Bergman, que acababa de llegar.
El hombre asintió en silencio, con el ceño fruncido por la preocupación, y pronto se puso en contacto con las autoridades locales para organizar un grupo que subiera a investigar. No tardaron en oírse los gritos de los hombres:
-¡Muertos, todos muertos!
Todos los presentes se santiguaron y comenzaron a murmurar. Pronto, un párroco llegó, reunieron a unos pocos voluntarios que no temían adentrarse en ese barco maldito o no tenían inconveniente en arriesgarse por unas pocas monedas y se organizó todo para el traslado de los muertos al cementerio. No obstante, todavía quedaba el asunto de qué hacer con lo que había en el interior del navío.
-Hay que quemarlo, quemadlo todo -exclamó uno de los mercaderes.
Todos sus colegas, salvo el señor Bergman, estuvieron de acuerdo. No obstante, el resto de la gente que se había reunido alrededor sabía que no lo decían por otra cosa que puro revanchismo, porque todos salvo él habían tenido algún momento de mala suerte en el último año. Así pues, cuando el señor Bergman propuso donar a la comunidad todo el contenido del barco salvo el cargamento de lana y algunos bienes que había hecho comprar en Inglaterra para su uso personal, el asunto quedó zanjado.
El barco no tardó en quedar vacío y se procedió a desmantelar las partes aprovechables y quemar todas las demás. Pronto, el asunto del barco fantasma no tardó en ser olvidado por los habitantes de la ciudad debido a algo más grave: de repente, algunos habitantes trabajadores del puerto de la ciudad comenzaron a mostrar signos de una extraña enfermedad: tenían fiebre alta y grandes dolores, convulsionaban y a algunos les salían bultos.
Habían llegado rumores de la peste que asolaba otros países, pero resultaba difícil de creer que hubiera llegado hasta Bergen, pues todos sabían que la enfermedad era un castigo de Dios y que la localidad se caracterizaba por ser piadosa. Los párrocos locales tranquilizaron a la población, asegurando que los que no fueran pecadores no correrían peligro. No obstante, la enfermedad seguía extendiéndose, e incluso acabó con la vida de la viuda Rohde, una costurera con reputación de santa que dejó todos sus bienes a la comunidad.
La conmoción fue aún mayor cuando el señor Bergman fue atacado por la lacra, y fue entonces cuando la gente comenzó a atar cabos: habían cometido un gran pecado, el de la avaricia, al permitir que el mercader se quedara con el cargamento de ese barco maldito a cambio de que se repartieran el resto de bienes del mismo. Un grupo de familiares furiosos de los fallecidos quemó los almacenes de Bergman y milagrosamente el mercader se recuperó, aunque no así su mujer y sus tres hijas, que murieron poco después.
Convencidos de que el pecado por el que les castigaba Dios era la avaricia, numerosos grupos de personas se reunieron para deshacerse de sus posesiones y para quemar los almacenes de algunos de los mercaderes más ilustres, muchos de los cuales habían huido de la ciudad en un intento de escapar del contagio. Aun así, la peste continuó extendiéndose por la ciudad, lo que hizo que todo el que podía se marchara a otras poblaciones, pero pronto ningún lugar del país estaba a salvo de la enfermedad.
Desde su hogar, el señor Bergman observaba cómo estallaba el caos, cómo a pesar de los intentos de la gente piadosa por evitar los pecados la gente caía en la desesperación y en el libertinaje y cómo, finalmente, la ciudad se convertía en un lugar casi desierto, tan fantasmal como el barco que había traído la muerte a sus costas.
Arruinado, desesperado por el sentimiento de culpa y aún débil por la enfermedad que había pasado, caminó hasta el lugar donde había embarrancado el barco de King's Lynn, se metió en el agua, y se dejó llevar por las olas.

sábado, 6 de marzo de 2010

el alquimista

El alquimista siempre había sido un hombre extraño, demasiado culto para hablar normalmente con las gentes que le trataban, demasiado orgulloso para intentar que le entendieran y demasiado celoso de su trabajo para transmitir sus conocimientos. Era además un hombre devoto, que siempre había acudido a la Iglesia y, con cierta demencia, se tenía a sí mismo por un enviado del Señor. Su gran meta, a la que había consagrado todos sus esfuerzos, había sido encontrar la panacea, aquel remedio milagroso que curaría todas las enfermedades y alargaría la vida a las buenas personas.

En su fuero interno, siempre había despreciado al resto de sus colegas, que únicamente se preocupaban de la transmutación de metales vulgares en oro y plata. Cuando, en uno de sus viajes, encontró a un alquimista que buscaba también la panacea, empezó a creer de nuevo en la alquimia, sólo hasta que su colega, con el que había compartido todos sus avances en materia de curación, imaginara entusiasmado en voz alta lo ricos y poderosos que serían cuando encontraran el compuesto y lo vendieran al mejor postor. Desde ese día, se cerró en sí mismo y nunca volvió a permitir que ninguna persona pusiera un ojo en su trabajo.

El alquimista sobrevivía trabajando de curandero para la gente de su pueblo, que a cambio le daba alojamiento y comida. A veces, cuando necesitaba viajar o comprar un componente para sus experimentos, ganaba dinero escribiendo o leyendo cartas para los analfabetos en el mercado, pero la gente corriente solía prescindir de sus servicios en ese ámbito porque a nadie le gusta que la persona a la que contrata le mire por encima del hombro. Desde luego, el alquimista, aunque respetado, no era un hombre nada querido en el lugar, y tampoco era querido por el resto de alquimistas, en vistas de su comportamiento hacia ellos. Pero llegó un momento en el que el alquimista tuvo que volver a abrirse un poco al mundo. Empezaba a perder la vista y cada vez se le hacía más difícil leer sus pergaminos, así que emprendió la tarea de encontrar un aprendiz, algo nada fácil para un hombre que se creía al borde de lo divino.

Quiso la suerte que hubiera en el pueblo un muchacho que el alquimista creyó a la altura de sus expectativas, un muchacho despierto de mente y muy devoto, que siempre le había respetado y temido. Una vez logró convencer a los padres de que le pusieran en sus manos (tarea nada fácil debido a su posición en el pueblo, aunque el muchacho fuera el menor de seis hermanos y sus padres no fueran muy ricos) empezó a mostrarle sus conocimientos. Lo primero que hizo fue mostrarle las letras y el arte de la lectura y la escritura, así como la larga lista de plantas medicinales que conocía, y las propiedades de cada una. El muchacho progresaba rápidamente y el alquimista quiso moldearle a su imagen y semejanza para que continuara su tarea cuando él ya no estuviera. Mas el aprendiz, temeroso del alquimista, empezó a recelar y se rebeló silenciosamente contra las pretensiones de su maestro, esperando pacientemente el momento de devolverle su desprecio, sus gritos y sus maltratos de la forma más dolorosa posible. El alquimista, cegado por su propio sentido de la importancia, nunca sospechó nada y pensó siempre en su alumno como la más agradecida de las criaturas.

Pero no era un aprendiz rebelde lo único que debería haber preocupado al alquimista. Las sombras de la Inquisición llegaron al pueblo y la desconfianza empezó a cegar a la gente del lugar. El alquimista curaba milagrosamente mediante extraños ensalmos. El alquimista hablaba consigo mismo. El alquimista maldecía a sus enemigos con mala suerte. El alquimista tenía un gato negro, seguramente el espíritu familiar con el que contaban todos los brujos.

Un día, el alquimista no fue a misa porque se quedó dormido tras una noche en vela buscando la panacea. Ese día firmó su sentencia de muerte. El aprendiz aprovechó su ausencia para acudir al párroco y le contó que los libros de anotaciones de su maestro estaban escritos en caracteres mágicos paganos, que a menudo experimentaba matando animales y destripándolos, que llevaba a cabo extraños rituales cuando se iba a poner a trabajar y que servía a los astros.

Cuando el desconcertado anciano despertó, creyendo haber descubierto al fin la panacea, la totalidad de los hombres del pueblo estaban en su puerta. Le prendieron y registraron la casa, donde encontraron numerosos libros escritos con extrañas runas mágicas. Ni siquiera fue necesario un juicio para declararle culpable. Las declaraciones del aprendiz y las pruebas en su contra eran irrefutables, y cuando encendieron el fuego en la pira sobre la que se encontraban él y sus libros, que tantos años de trabajo le había llevado escribir, el loco alquimista sólo fue capaz de gritar:

-¡La panacea! ¡La panacea! ¡Soltadme, locos, Dios me ha enviado para encontrar la panacea! ¡No sabéis lo que hacéis! ¡La panacea!

viernes, 28 de noviembre de 2008

El crack del 29

Mi queridísima prometida:
Bien sé que tú mereces toda la riqueza que yo ya no puedo darte. Todos mis ahorros estaban invertidos, y no solo mis ahorros, sino mucho más, todo el dinero que había pedido prestado al banco y que pensaba devolver en cuanto hubiese logrado duplicar o incluso triplicar mi inversión. Porque realmente parecía que la inversión iba a ser rentable. Tenía la esperanza de poder enriquecerme rápidamente para así demostrar a tu padre que era digno de ti, para que al fin nos permitiera casarnos y para que me tuviera algo de respeto. Lo he perdido todo en un solo día. Aún no me explico cómo ha podido pasar, aunque debí haberlo previsto porque hace unos días estuvo a punto de pasar lo mismo. Pero esta vez nadie salió al rescate. Todos queríamos vender, pero nadie quería comprar. Y cundió el pánico. Tanto, que la policía tuvo que desalojar el edificio de la bolsa. Es la ruina, la mía y la de todos los demás, incluso la de muchos de eso ricos que solíamos observar soñando que así seríamos nosotros en unos años. Ahora no podré mirarte a la cara nunca más, y mucho menos a tu padre. Espero que encuentres a alguien digno de ti.

Adiós
John Loser, 24-Octubre-1929

Las aguas se estrellaban contra los muelles del Lower de Manhattan. Un hombre miraba con tristeza el atardecer pensando en los hombre que se habían tirado de los rascacielos sabiendo que su buena vida se había acabado y estaban en la ruina. De repente, vió un bulto en el agua.

Unas horas después de haber llamado a la policía, vió a una guapa joven de clase alta aparecer y hablar con uno de los policías. Llevaba un papel arrugado en la mano. Al parecer, era la novia del hombre. Del hombre muerto. Aún sentía escalofríos al pensar en el momento en que había descubierto que lo que flotaba en el agua era un hombre muerto. Se acercó un poco, y pudo oir el nombre:

-Loser. Se llamaba John Loser.- la muchacha quedó en silencio un momento, con la mirada perdida- aquí fue donde nos conocimos.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Guillotina

Marie paró a descansar un poco los brazos. Hacía rato que llevaba su carga a la granja y estaba agotada. No entiendo cómo Nicole y Jean-Jacques pueden llevar tanto peso de un tirón, pensó con todo el cuerpo dolorido.
Hacía más de un año que tenía que realizar esas horribles tareas, para protegerse. Tendrían que haber huido a Inglaterra cuando retuvieron al rey en el palacio de las Tullerías, pero sus padres habían sido orgullosos hasta el final y habían permanecido en el castillo esperando que todo pasara. Acabaron con las cabezas clavadas en una pica. Ella y su hermana habían escapado gracias a Nicole y Jean-Jacques, que eran sus siervos por entonces. Su hermana no era de ayuda. Tantas muertes la habían enloquecido y vivía creyendo que seguía siendo todo como antes de esa horrible noche en que se vieron obligadas a huir. Sabían que tarde o temprano las descubrirían por su culpa, así que la habían encerrado.
A Marie no le gustaba pensar en el pasado, porque luego la realidad la golpeaba más fuerte, pero a veces no podía evitarlo. Recordaba las fiestas, los bonitos vestidos, las reuniones sociales, sus viajes a París, sus padres… y, en definitiva, todos esos años en los que cargar con un montón de forraje para los animales era algo inimaginable. Ahora estaban todos muertos o exiliados.
Lo irónico de todo era que la situación la habían desencadenado los nobles, todo por no querer pagar impuestos. O, más bien, por su orgullo, ya que los impuestos no les iban a arruinar, pero ¿cómo iban a ponerles a ellos a la altura de los plebeyos? Ahora, los nobles no solo estaban a la altura de los plebeyos, sino que además eran gente sin identidad: si alguien los descubriera a las autoridades, serían guillotinados junto con el resto. Los había visto morir a todos, uno por uno.
Volvió a cargarse el forraje a la espalda y se dirigió a la granja. A veces deseaba soñar todo el día, como su hermana, sin ser consciente de la realidad. Porque la realidad era más que espantosa. Pasaba hambre, estaba cansada y sucia, y vivía con miedo constante. Suspiró y continuó andando.
Cuando llegó a la granja, Jean-Jacques salió corriendo de la casa con cara de preocupación.
-¡Marie! -dijo cuando llegó a su altura. En otros tiempos la había llamado mi señora.- Jeane ha desaparecido, no la encontramos por ningún lado.
Marie soltó el forraje en el acto y corrió hacia la casa, donde Nicole la esperaba ya con la capa puesta. Corrieron por el camino hacia el pueblo; no era probable que hubiera echado a andar campo través. No se equivocaron.
-…¡Vamos! ¿a qué estás esperando? Te digo que tienes que avisar al rey de que he sido secuestrada y tratada con tan poco respeto ¡Date prisa, plebeyo, o te haré encarcelar! ¡No me hagas que te lo vuelva a repetir!
-¡Jeane! -lo que estaba diciendo era motivo más que suficiente para acabar en la guillotina. La más mínima sospecha o acusación falsa eran bastante-. Querida, desvarías. Perdónela, señor, desde la muerte de los nobles para los que trabajábamos, ella se cree una de ellos -dijo con su mejor sonrisa al hombre al que su hermana había gritado en medio de la calle, rezando por dentro para que lo pasara por alto. Pero, una vez más, Dios hizo oídos sordos a sus plegarias.


Estaba atada con las manos a la espalda, la última de una larga fila de personas que esperaban para ser ejecutadas. Nicole y Jean-Jacques se habían salvado por muy poco, ya que eran queridos en el pueblo y el resto respaldó su versión de que habían contratado a Marie sin saber quién era y de que no sabían de dónde había salido Jeane. Ahora estaban ahí, en medio de la turba, para demostrar que odiaban a los nobles y el resto de los traidores, para salvarse. Le tocó el turno a Jeane.
-¡Esto es indignante! ¡El rey os hará matar a todos! Plebe -no llegó a terminar la palabra, pero quedó suspendida en el aire.
La fila fue haciéndose más corta, hasta que le llegó el turno a Marie. Rezó por que acabara rápido. En cierto modo, la estaban liberando, porque lo que había tenido que soportar era peor que la muerte. No le quedaba nada, y todos se habían ido. Ahora por fin se reuniría con ellos.
La hoja de la guillotina cayó como un rayo, y Marie descansó al fin en paz.