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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Relato: El lamento de Divlin

Nueva tirada de cartas Fatum, con un personaje que me va a complicar bastante la vida a la hora de hacer el relato:
El protagonista es una criatura forjada que es familiar mecánica de un mago moderno. Su origen es una nave espacial y su background es de arbitraje de la ley. Tiene un confidente genéticamente modificado y su marca del pasado es el final de los tiempos, con ímpetu en un viaje de negocios a una galaxia lejana.

El lamento de Divlin

-Cuando Oxtrot me forjó en esa nave espacial para que fuera su espíritu familiar, seguro que no pensaba en que ambos acabaríamos en este viaje de negocios en un crucero a una galaxia lejana. Yo soy una criatura de acción, no valgo para callarme lo que pienso -se quejó el pequeño dragoncito mecánico Divlin a su confidente y amiga, Xel.
-Bueno, el fin de los tiempos cambió los planes de todo el mundo y tendrás que adaptarte. Yo nací con genes modificados para trabajar en las minas, y aquí me tienes, haciendo de escolta de un millonario.
-¡De un mafioso, más bien! -gimió Divlin-. En otros tiempos, ya habríamos ayudado a que la ley cayera con todo su peso sobre él.
-¿Qué ley? ¿La que permitió que el apocalipsis llegara a nuestro planeta por dejar sueltos a un puñado de sectarios gracias a un error burocrático?
La criatura mecánica hizo rechinar sus engranajes, el sonido más parecido a las lágrimas que podía emular.
-Venga, venga. Seguro que Oxtrot también lo está pasando mal, deberías dar tu apoyo a tu creadora -la consoló Xel.
-¡Si ella está encantada con la situación! Dice que nunca se había sentado tan relajada y ya no hace ningún hechizo interesante. ¿Dónde quedan los tiempos en los que perseguíamos a los criminales y practicábamos magia de ataque y defensa? ¡El otro día pidió mi colaboración para idear un número de magia que entretuviera a algunos pasajeros selectos a los que quiere camelarse para que la contraten! -se lamentó Divlin-. Eso cuando le da por hacer magia, porque pasa todo el día en su camarote leyendo noveluchas de suspense mientras yo vago por aquí como un alma en pena.
Xel siguió consolando a la criatura un buen rato y, cuando se despidieron, acudió a su jefe para asegurarle, una vez más, que Oxtrot no era ninguna amenaza. Mientras, Divlin acudía al camarote de su ama y se veía obligado a participar como ayudante en todo tipo de hechizos ridículos que herían su dignidad.
Oxtrot hizo caso omiso de las quejas de su familiar mecánico. En cuanto acabara su misión, tendría que romper el vínculo con él, porque era tan bocazas que resultaba un peligro. Pero, para esta misión, era perfecto: mientras le mantuviera engañado y siguiera compartiendo sus lamentos con la espía del mafioso, este seguiría sin prestar atención a esa maga exdefensora de la justicia que iba en su misma nave. 
Entre tanto, ella seguiría recabando pruebas en su forma astral mientras su cuerpo, aferrado a novelitas baratas, apenas se levantaba de la cama para hacer hechizos tontos con los que entretener a la gente. Cuando llegaran a su destino, haría negocios, sí: entregar a las autoridades al mafioso y sectario con una avalancha de pruebas tal que ningún error burocrático le libraría de su condena.
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viernes, 12 de agosto de 2011

La máquina del tiempo. Maratón de escritura: día 5

Hoy también me he pasado un poquito de las cinco páginas. Lo primero ha sido el microrrelato de todos los días, que ha ocupado 12 líneas. Y luego me he puesto con mi novela romántica, que ya va por el capítulo 7, ocupándome el mismo un poco más de lo habitual esta vez: 5 páginas y un tercio de la sexta. Así que hoy he hecho cinco páginas y media más o menos. Y este es el microrrelato:


La máquina del tiempo
Quería viajar al pasado y para ello trabajó duro hasta conseguir construír una máquina del tiempo. Por desgracia, la potencia de esta máquina era limitada: sólo permitía viajar atrás cinco minutos y tardaba un cuarto de hora en cargarse. De esta manera, poco podía hacer si cometía un error y quería retroceder para enmendarlo.
No consiguió avances, por más que intentó mejorar el cacharro, y finalmente desistió por considerarlo inútil… a no ser que construyera una máquina que pudiera predecir el futuro con antelación, que le avisara diez minutos antes de que iba a hacer algo mal para ir cargando la máquina del tiempo y poder así enmendar su error.
Contento por su idea, se apresuró a crear ese añadido a su máquina del tiempo, sin darse cuenta de que, de hacer algo para avisarle antes de cometer sus errores, podía enmendarlos antes de cometerlos, haciendo así innecesario volver atrás en el tiempo para hacerlo.

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sábado, 26 de febrero de 2011

Cuerpo analógico, vida digital


Nada más nacer, sus padres, amantes de las nuevas tecnologías y de cuanto tuviera que ver con internet, le hicieron una página de Facebook y de tuenti, en los que colgaban todos y cada uno de sus avances, enfermedades, enfados, llantinas y primeras palabras.
No le mandaron a la escuela hasta que fue obligatorio, y una vez allí el muchacho no podía evitar preguntarse por qué algunos de los otros niños tenían juguetes de verdad y él no tenía ninguno. Sus padres le respondieron que para qué quería juguetes analógicos si tenía a su disposición centenares de videojuegos para su franja de edad. Así que cuando se hizo en la escuela el día del juguete, tuvo que llevar su consolita portátil, al igual que unos pocos niños más. En ese momento, su mente infantil se dio cuenta de que existían dos tipos de niños: los analógicos y los digitales. Sus padres hicieron lo posible por evitar que su hijo se convirtiera en un niño analógico, y finalmente su hijo fue un niño digital que, aunque se sentía atraído por lo analógico, lo temía y lo mantenía a distancia.
Los niños analógicos no tenían varias consolas, como mucho una, y se divertían con juguetes que ocupaban espacio innecesario. Tampoco tenían páginas en las redes sociales, ni cuentas electrónicas en las páginas de las grandes marcas dedicadas al público infantil saturadas de correos con maravillosa publicidad hecha a su medida. El niño digital se dio cuenta de que la mayoría de los niños analógicos tenían la piel más oscura por estar al sol, mientras que los niños digitales eran más pálidos. También había otras diferencias, como que los niños analógicos se ponían menos enfermos, eran más alegres y escandalosos, y les gustaba hablar entre ellos en vez de mandarse mensajes silenciosos con sus móviles (¡algunos ni siquiera tenían móvil!).
El niño digital creció con un montón de amigos digitales en sus cuentas de redes sociales, y actualizaba su estado cada hora. Las marcas se adaptaban a él y siempre le mandaban publicidad personalizada. Un día le dio por preguntarse cómo era eso posible, y comenzó a hurgar en internet para darse de bruces con el control parental que habían instalado sus padres.
El niño digital siguió observando atentamente (pero desde lejos) a los niños analógicos. A la hora del recreo, salían al patio y se dedicaban a correr, saltar y reírse mientras los niños digitales jugaban con sus consolas o se mandaban correos con los móviles. Descubrió que tenían mascotas analógicas, animales de verdad, en vez de tamagochi, y cuando pidió a sus padres uno, ellos se limitaron a decir que eso era muy sucio.
El niño digital siguió creciendo y las restricciones del control parental se iban empequeñeciendo según se hacía mayor. En el colegio comenzó a aprender ciertos conceptos como la intimidad, y empezó a plantearse si no sería mejor tener un poco de eso. Pero sus amigos digitales se habían acostumbrado a que actualizara cada poco tiempo y se preocupaban pensando que estaba enfermo, y, al dejar de decir qué le gustaba y qué no en sus perfiles, las marcas dejaron de mandarle publicidad de cosas que le gustaban y sus mensajes de correo le empezaron a molestar. Sus padres estaban también preocupados por este cambio en su hijo, del que sabían todo sólo gracias a la red.
El niño digital comenzó a correr en el patio con los niños analógicos y esto hizo que sus padres se preocuparan aun más, especialmente cuando su maestra les dijo que en realidad era bueno que el niño saliera para que le diera un poco el aire. Fue entonces cuando le cambiaron de colegio y tuvieron una charla seria con él.
Le explicaron cómo los niños analógicos eran unos salvajes descontrolados, cómo se pegaban de forma incivilizada en vez de quitar a los niños que les molestaban de la lista de amigos, cómo algunos ni siquiera sabían usar el ordenador. Le contaron la necesidad de las marcas de saber qué quería para que le pudieran ofrecer lo que necesitaba, cómo eso haría que todo fuera más barato y menos molesto porque a los niños analógicos les bombardeaban con publicidad que no les gustaba al no saber qué querían. Le enseñaron cómo hacía lo digital la vida más fácil a los ciudadanos y a los gobiernos, que podían fichar a la gente mala desde muy temprana edad. El niño digital creyó todo lo que le dijeron sus padres y se olvidó de la intimidad. Después de todo, sus 500 amigos de las redes sociales no dejaban de ser sus amigos, las marcas eran buenas con él y el gobierno le protegía y por tanto todos tenían derecho a conocer su estado a cada momento.
La vida del niño digital siguió así hasta que llegó a la universidad y se matriculó en una carrera on-line. El problema era que algunas de las prácticas eran presenciales y analógicas, aunque seguramente coincidiría con algunos amigos digitales. Cuando llegó a clase, hizo saber a sus compañeros que podían entrar en sus perfiles si querían comunicarse con él. En poco tiempo, se dio cuenta de que todos sabían todo de él, mientras que él no sabía nada de ellos, ya que esos chicos analógicos sabían algo de informática y eran tan maleducados que se metían en su perfil sin que él lo supiera, sin dejar comentarios o, de dejarlos, con perfiles vacíos, y además aprovechaban la información que leían en él para manipularle y hacerle trabajar más de la cuenta.
El chico digital volvió a preguntarse por la intimidad, pero tuvo la ocurrencia de buscar información creando un hilo en un foro de debate y acabó más confuso de lo que estaba. Su confusión fue en aumento cuando se encontró con su novia digital en una incómoda cita analógica y no tuvieron nada que decirse, aunque por internet no paraban de hablar. Y todo fue a peor cuando fue a una entrevista de trabajo y su entrevistador dijo que currículum les gustaba, pero que su perfil no era el que buscaban, aunque él no había permitido el acceso a su perfil a nadie que no fueran sus amigos después de su experiencia con los chicos analógicos.
No obstante, cuando nuevamente intentó conseguir la intimidad que no había tenido nunca saliendo del mundo digital, se dio cuenta de que estaba atrapado en él por sus padres, amigos, marcas preocupadas porque quisiera desapuntarse de sus páginas… y que el control que todos tenían sobre él era tan férreo que no podría salir nunca del mundo digital, ya que hacerlo le supondría un esfuerzo tremendo y probablemente el mundo analógico no le diera la bienvenida.