Bilbao es una ciudad que se ve en un día si vas apresurado y en dos si vas sin prisas. Nuestro primer día estuvimos por el centro histórico, empezando por la catedral y la iglesia de san Antón (que viene incluida en la entrada de la catedral). No merece la pena pagar la entrada, y la audioguía es un desastre.
Luego hicimos un tour que empezó por el Teatro Arriaga, la iglesia de San Nicolás y la Plaza Nueva. En la Plaza de Miguel de Unamuno están las escaleras a la Basílica de Begoña, pero se puede tomar un ascensor en el metro y lo dejamos para más adelante. Esta sí que es bonita de ver (y no cobran entrada), así como otras iglesias del centro histórico.
Recorrimos las siete calles y acabamos en el Mercado de la Ribera, y entre tanto nos hablaron de las bilbainadas, de los dulces típicos y de los pinchos. Allí, esto último es casi obligado y la verdad es que comes bien por muy poco.
Se puede seguir la ribera hasta la zona del Museo Guggenheim, o también puedes ir pasando por la Gran Vía. No faltó la visita a ese museo: otro derroche de dinero, y más cuando, como a mí, no te gusta el arte moderno.
También visitamos el parque de Begoña, aunque no tiene muchos puntos de interés, pero siempre que se nos ocurría ir a otros museos los encontramos cerrados. Y, si no has llegado en tren, te recomiendo que subas a la estación, porque tiene una vidriera preciosa.
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