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lunes, 21 de febrero de 2011

Los clientes favoritos

Este es el relato que he hecho para el proyecto de Adictos a la escritura del mes de febrero: especial San Valentín. No soy muy romántica, pero espero que haya quedado bien...
Los clientes favoritos
Anabel se levantó como todas las mañanas y frunció el ceño cuando miró al calendario. 14 de febrero: San Valentín, una vez más sin pareja. Sus amigas le habían recomendado no cortar con su novio dos semanas antes del gran día, pero ¿realmente le interesaba aguantar dos semanas más con una persona con la que ya no quería estar sólo para que, siendo tan poco detallista como era su ex, le regalara una rosa de plástico o un peluche con forma de corazón (¡cómo los odiaba!) de los chinos? Evidentemente, había decidido cortar por lo sano, y así se ahorraba el tener que comprarle un regalo. Tampoco estaba la economía para gastar el dinero en un desagradecido que seguramente iba a regalarle de vuelta una payasada como esas. Pero claro, ahora era una de esas mujeres a las que la sociedad consideraba dignas de lástima que pasaban solas San Valentín.
No había tenido en toda su vida un San Valentín con novio. Nunca había coincidido, y tampoco la había importado. Pero la presión de todos sus conocidos comenzaba a pasar factura y la empezaban a deprimir todas las insinuaciones veladas sobre qué pena daba y cómo iba a ser una solterona el resto de su vida. Como si ser soltera e independiente fuera el mayor problema del mundo, y como si san Valentín no fuera un invento de los grandes almacenes para ganar ingresos extra. Había oído que, de media, la gente se gastaba unos 100 € con motivo del día de los enamorados. De locos.
Sin ganas, se dirigió a su trabajo en una pequeña tienda de ropa escondida en una callejuela del centro de Madrid. Una vez allí, se acomodó en la silla tras el mostrador y se dispuso a leer un libro, a la espera de que entraran clientes. Francamente, no sabía cómo se mantenía el negocio, porque lo que era en su turno no entraba ni el Tato, pero a su jefa parecían irle bien las cosas y estaba bastante segura de que no la iban a despedir en un futuro próximo. La mañana fue todo un record, ya que entraron nada menos que diez personas, todos hombres que tenían novia y a los que se les había olvidado tan memorable fecha. Típico.
Todo fue a peor cuando vio entrar a su ex por la puerta, escondiendo tras la espalda inútilmente una rosa de plástico que parecía más un clavel deslucido que otra cosa y un horrible osito peluche (y mira que es difícil que los ositos de peluche sean horribles) con un I love you mal escrito en la camiseta, seguramente en un intento por pillarla con la guardia baja para volver, aunque ni siquiera se había molestado en llamarla desde que cortaron. Dios, qué vergüenza, menos mal que no hay nadie en la tienda ahora. Le costó un buen rato convencerle de que no tenía nada que hacer y de que, de haber querido estar con alguien en san Valentín, no habría cortado con él. Para cuando consiguió hacérselo entender y su ex decidió marcharse, su humor había pasado de malo a muy malo.
Finalmente, echó el cierre y se fue a comer a un restaurante cercano que solía frecuentar. Era barato y acogedor, pero era su preferido más que nada porque también lo frecuentaba un bombón de esos que alegran la vista. Nunca había hablado con él ni tenía intención, pero hay que reconocer que comer cerca de ese hombre que parecía sacado de la portada de una novela romántica era mejor que irse a un Fast food y estar rodeada de obesos y adolescentes con caras llenas de granos.
El shock que recibió nada más entrar fue tremendo. Un restaurante con buen gusto y acogedor se había convertido en un paraíso para cursis, con corazones y guirnaldas rosas por todas partes. ¡Mierda, mierda! Casi le daba miedo pasar. Todas las mesas estaban ocupadas por parejitas que se miraban ensimismadas a los ojos. Estaba a punto de marcharse cuando la anciana propietaria salió de quién sabía dónde y, acogedoramente, le dijo en un tono de voz más alto de lo recomendable.
- Oh, querida, hoy las mesas son sólo para parejas ¿Vienes sola? No te preocupes, puedes sentarte en la barra. Hoy sólo tenemos platos para dos, pero te prepararé algo que puedas tomar tú sola.
Anabel sintió que se le subían los colores mientras atravesaba medio restaurante conducida por la oronda mujer, que en esos momentos no le caía simpática, precisamente. Por lo menos, al llegar a la barra (nunca había entendido que la barra estuviera al fondo y las mesas delante), la buena mujer la sentó al lado del bombón, seguramente en un intento por que pareciera menos patética de lo que se sentía en ese momento.
- ¿A ti también te ha engañado para comer en la barra? –bromeó el bombón. Tenía una sonrisa divina y una voz aterciopelada que, de haber estado de pie, habría hecho que se le doblaran las rodillas.
- Si –respondió malhumorada Anabel, frunciendo el ceño –Al parecer los solitarios no tenemos cabida en ningún sitio el 14 de febrero.
El bombón se rió y dijo:
- Ciertamente es mala fecha para los singles. ¿Tú también has tenido un mal día?
- Uno de esos en los que preferirías haberte quedado en la cama leyendo.
Cuando el bombón iba a responder, apareció de nuevo la propietaria con la carta.
- Oh, veo que os lleváis bien… ¿Por qué no elegís la comida de la carta especial y la compartís? Soléis comer más o menos lo mismo, y estoy tan ocupada hoy que me haríais un favor si no tuviera que prepararos un plato único a cada uno.
Los dos se miraron y se encogieron de hombros, nuevamente engañados por la anciana para que hicieran lo que quería. Fueron conducidos entonces a una mesa y, cuando por fin se pusieron de acuerdo, la mujer desapareció por la puerta de la cocina. Soltando una carcajada al unísono, se dispusieron a esperar su comida.
- A propósito, soy Toni –se presentó el bombón, extendiendo su mano.
- Yo soy Anabel.
***
La anciana propietaria vio marcharse juntos a sus dos clientes favoritos, convencida de que acababa de formar una pareja maravillosa. ¡Y anda que no le había costado! ¡Si hasta había tenido que decorar el local como si fuera una casa de citas!
-Es que, ¡vaya par de bobos! –dijo la mujer para sí poniendo las manos en las caderas mientras les veía desaparecer por la calle. - Seis meses lanzándose miraditas el uno al otro y que no se atrevían a dar el paso. Estaba claro que necesitaban un empujoncito.

6 comentarios:

  1. Cupido puede adquirir innumerables formas, jejeje, por fin se pudo comer el bombón, jajaja. Saludos! :)

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  2. Esa mujer no tenía un bar lo que tenía era una "celestinería" XD

    Ciertamente en ocasiones es mejor estar solo que mal acompañado, y a veces surje alguna sorpresa, que nunca se sabe.

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  3. Esa mujer me ha recordado a "La Celestina".
    Me ha gustado mucho, sobretodo el "bombón" y me he reído bastante con la rosa de plástico y el osito de los chinos.
    Bueno, ¡un saludo y cuídate!

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  4. ¡¡Siii!! Esa señora sí que sabe, jejej:D

    Cupido, como sice Sidel, puede adquirir inumerables formas:D

    kissess

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  5. Me encantó, Deby!!
    Es el tipo de cosas que algunas soñamos que nos pase, jajaa.

    Besos!!

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  6. Adoro a esa señora...
    que final mas inesperado jeje
    Creo que necesito una señora como esa a ver si me echa una mano :D

    besos :)

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