Amigos o algo más Enemigos o algo más incursores de la noche incursores del ocaso Eladil Atrapada en otra dimensión Viajera interdimensional48 trozos 126 trocitos 42 trozos PINCHA EN CADA PORTADA PARA SABER MÁS SOBRE EL LIBRO. Para más información visita la Web oficial de Déborah.

jueves, 10 de mayo de 2018

Relato de fantasía: Terral: orígenes: Beso

El otro día me di cuenta de que no había publicado todos los relatos cortos de Terral que tenía escritos. Para los que no sepáis de qué va, es un personaje que creé para Adictos a la escritura, con el que hice el primer relato. Luego, fui haciendo más, con la idea de crear con el tiempo una novela compuesta. El proyecto quedó abandonado en favor de otras obras, pero estoy planteándome seriamente retomarlo. Ahí van todos los relatos, por si queréis poneros al día, ya que este es un poco de transición.

Beso

Tener una parte demoníaca cada día se me hace más difícil. Los controles de la ciudad se han endurecido y el hechizo que contiene y oculta esa mitad de mis ser se debilita por momentos. Al principio apenas lo notaba, pero desde que Adiadne y Vael entraron de nuevo en mi vida parece que ha empeorado.
No creo que sea por su culpa, aunque sus continuas carantoñas cuando creen que no miro no ayudan en absoluto a que mis instintos de súcubo se suavicen. Más bien diría que las sacerdotisas malignas que implantaron el hechizo en mí han decidido arrebatármelo poco a poco para que me entre el pánico y me decida a huir de la ciudad.
No pienso caer en su trampa. Sé que cuanto más tiempo aguante aquí más segura estaré. También sé que mientras estén centrados en capturarme dejarán de lado las otras barbaridades que quieran llevar a cabo. Al menos, unas cuantas. Además, al margen de la tensión que me genera saber que tarde o temprano mi otra mitad será lo bastante fuerte como para que la perciban, los meses que he pasado aquí han sido los mejores de mi vida. Primero, porque por primera vez en mi existencia puedo ser yo misma. Luego está Norval, de cuya compañía disfruto como nunca había disfrutado antes. Lástima que no pueda confiarle mi secreto. Esa confianza sólo puedo tenerla con mis dos socios, que han demostrado ser tan leales como útiles.
Gracias a ellos mi pequeña contribución a la ciudad, localizando a seres malignos y criminales que escapan a los filtros de la ciudad ha empezado a dar auténticos beneficios. Casi suficientes para dejar mi ocupación actual en la tienda de magia sin pasar verdaderos apuros. No obstante, pensando en el futuro y en que tarde o temprano tendré que huir de la ciudad, prefiero seguir con ambas cosas y ahorrar todo lo posible. Conseguir buenas rutas de escape seguras no suele ser barato, y es una de las pocas cosas sobre las que ni yo ni mis compañeros informamos a los sacerdotes. De todos modos, solo las usan unos cuantos estafadores, contrabandistas y pilluelos inofensivos. Los verdaderos enemigos de la ciudad tienen medios de huida propios, y el resto de los criminales está tan convencido de que no va a ser capturado que ni se molesta en preocuparse por esas menudencias.
Estoy informándome sobre las rutas, que cambian casi cada semana, cuando veo a Norval a lo lejos. No sé si me ha visto, de modo que no puedo esconderme, pero hago una seña a mi informante para que desaparezca, cosa que hace encantado. Le espero apoyada en una pared y me comporto como si fuera normal encontrarle en los barrios bajos después del anochecer.
—¡Terral! Menos mal que te encuentro.
—¿Es que me buscabas a mí? —me sorprendo. No puedo ni llegar a imaginar cómo me ha encontrado si es así. Y eso es muy preocupante, porque si puede encontrarme ahora podrá hacerlo cuando huya.
—¿Eh? No, en realidad no. Pero ha sido una gran casualidad, porque tú conoces la zona mejor que yo.
—¿Y qué haces por aquí? —pregunto, infinitamente aliviada por su respuesta.
—Una de nuestras feligresas vivía por aquí. Hace tres días que no aparece y me preocupa.
—Sé que te resultará extraña la pregunta, pero ¿qué sentido tiene que vaya tan lejos a rezar? Hay como cinco templos entre este barrio y el vuestro.
—Creo que la avergonzaba pedir caridad, por eso venía a pedir ropa y alimentos tan lejos —responde. Inmediatamente imagino lo que ha ocurrido. Probablemente alguien se dio cuenta de que los ingresos de la mujer no eran suficientes para justificar la ropa nueva y dedujo que la mujer estaba llevando a cabo actos reprochables. Es probable que incluso se preguntara en los templos cercanos, que por supuesto negarían haberle proporcionado ayuda, y la mujer acabaría en prisión, sospechosa de robo. Aunque el sistema de justicia de esta ciudad es irreprochable, resulta increíble la cantidad de injusticias que cometen por exceso de celo.
Le cuento mis sospechas a Norval y nos dirigimos a los calabozos más cercanos, donde efectivamente está la mujer. Al menos ahora no tendrá que preocuparse por la caridad. La indemnización que otorga la ciudad por esta clase de errores es sustanciosa. Tras arreglarlo todo, Norval se despide de su feligresa y decide acompañarme, por lo que doy por finalizado mi trabajo de esta noche y tomo el camino más directo a casa.
Hablamos de todo un poco, aunque me doy perfecta cuenta de que está intentando decirme algo delicado y me preocupo un poco. Cuando llegamos a la puerta, él se queda mirándome, y si mis ojos no me traicionan se está sonrojando. Pasado un rato, se me agota la paciencia.
—A ver, Norval. Sea lo que sea, me lo puedes decir antes del alba —le sonrío, pero cada vez estoy más nerviosa. Seguro que son malas noticias. Lo bueno nunca dura.
—Es sólo... intento reunir el valor para decirte que... estoy enamorado de ti.
Me quedo atónita, no sé qué responder a eso. Hasta hace poco, para mí todos los conceptos relacionados con sentimientos positivos eran sinónimos y todos significaban debilidad. Por supuesto, a estas alturas soy capaz de diferenciarlos a nivel teórico, e incluso identificarlos en otros, como Adiadne y Vael, pero soy una nulidad a la hora de identificar la maraña de emociones que conforma mi parte humana, tanto tiempo reprimida. Ni siquiera sé si una semisúcubo como yo puede enamorarse.
—Yo... —me quedo callada de nuevo y él sonríe.
—No tienes que contestar. Simplemente tenía que decírtelo —se acerca a mí y me besa suavemente en los labios. Esto es suficiente para despertar mis instintos de súcubo por un instante y cuando recupero el control, le empujo. Me mira con los ojos muy abiertos, desde la pared contra la que ha chocado.
—Lo siento, yo... —no puedo seguir, por lo que salgo corriendo. Dudo que me haya descubierto, porque la barrera de contención que evita que mi parte demoníaca sea detectada sigue ahí pero, ¿por qué he reaccionado así, entonces? Hasta que no lo descubra, será mejor que no vuelva a ver a Norval... ni a cruzarme con ningún otro hombre.

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